El nuestro es un país rico, fértil, hermoso. País que ignora su inmenso valor y su más relevante industria: la belleza. La belleza ha sido desconsiderada constantemente por nuestros mandatarios. Han convertido el rural, y algunas villas, en un florilegio de fealdad. El nuevo enfoque del territorio no me agrada. Parece, desde fuera, que los ayuntamientos regresarán al control del urbanismo. Parece que volverán las oscuras golondrinas a llenar de palleiros sin paja, uralitas, ladrillos y cemento las venas de Galicia.
La belleza no cotiza al alza. En las artes, lugar por donde se mueven mis instintos, lo contemplo a diario. Han convertido la literatura en un enjambre de ocio sin dignidad estética; la pintura, en el reino de la insidia y el mercadeo; la arquitectura, en el abanico de las vanidades; la música, en un ratoneo de latas... y podía seguir pero no quiero. Porque el abatimiento se expande cuando veo que el nuevo Gobierno no parece atreverse a cortar por lo sano. Entre el Pórtico de la Gloria y el Gaiás, yo me quedo con el primero: porque ab initio sostengo que en aquel monte no se nos perdía nada. Entre los asfaltados y aglomerados, yo me voy con el perpiaño que levantó las raíces de nuestro pueblo. El rural hay que mimarlo (como en Dinamarca, Irlanda...) y no consentir jamás el grotesco esperpento. Seguir construyendo en el rural es un despropósito: tenemos 40.000 casas vacías, ¿para qué más? Restauremos, reeduquemos. ¿Mecanismos de control? Ojalá. Porque si se nos sigue muriendo la belleza, de nosotros solo quedarán uralitas, ladrillos... y cenizas.
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