Tras un año de reflexión, en el que daba la sensación de ser un hombre sin oficio ni beneficio, Emilio Pérez Touriño ha decidido volver a la Universidade de Santiago, su casa, para enseñar economía y formar a las nuevas generaciones, que es su oficio. Porque lejos de ser un aventurero que recaló en la política por pura necesidad, el ex presidente de la Xunta es un profesor de larga trayectoria, que nunca tuvo necesidad de galones pasajeros para ocupar un lugar importante en la sociedad gallega y rendirle servicios importantes.
Personalmente me alegro mucho de la decisión de Touriño, porque creo que los políticos se ennoblecen saliendo del poder con dignidad, y porque su vuelta al trabajo es un signo de normalidad que todos los altos cargos deberían imitar, ya que, una vez que hemos cumplido con la oportunidad y la obligación de servir al interés público, todos volvemos a ser lo que somos. Y Touriño es profesor.
No estoy tan de acuerdo, en cambio, con su decisión de dejar el escaño. Porque su vuelta a la Universidad era compatible con su condición de parlamentario, y porque estoy seguro de que, tras haberse presentado como cartel del PSOE, debería ser fiel a unos votos que, al margen de perder las elecciones, cosechó en abundancia.
Si recordamos las jugadas hechas en esta legislatura, es evidente que el Parlamento que tenemos se parece muy poco al que hemos elegido, porque ya se encargó el PP de hacer dimitir a sus caras más conocidas y elocuentes para sustituirlas por segundones de los que nada sabemos. Y por eso no considero acertado que Touriño contribuya a acentuar esta moda que, en aras de una valoración exorbitante del poder ejecutivo, parece que deja sin escenario a los que no se sientan en San Caetano.
A mí me hubiese gustado que Touriño mantuviese su escaño, haciéndolo compatible con la Universidad, para reivindicar la parte de su Gobierno que le arrebataron los sucios juegos de la prensa de Madrid; para que todos pudiésemos apreciar el corto recorrido de aquellos ahorros y aquellas actitudes de cartón piedra que entronizó el PP; y para poner en su sitio a un Gobierno -el actual- que nos pone colorados -porque la vergüenza ajena también existe- con solo mirarlo.
Pero Emilio, a lo que se ve, se sentía incómodo entre unos compañeros que, si no supieron arroparlo en el poder, menos lo arroparon aún en la caída. Por eso comprendo plenamente su decisión, aún sin compartirla en lo que al abandono de su escaño se refiere. Y le deseo que los años de estancia que le quedan en la docencia, que aún son bastantes, le sirvan para recuperar el prestigio y el reconocimiento social que le corresponden, a cuyo fin pongo, con toda sinceridad, esta primera piedra.
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