Está herido de muerte, nuestro patrimonio. Es como si nos diese igual lo que fuimos. Conozco la frase de Alejo Carpentier «el futuro es fabuloso». Pero también sé que sin pasado no somos nada. Un pueblo fantasma, una santa compaña de desaparecidos que no sabe hacia dónde caminan. Si el feísmo es un peligro, el maltrato al patrimonio es otra herida de muerte en nuestra piel. La Voz está publicando una serie cuyas fotos hablan solas. Gritan solas. Del Ferrol Vello que se cae con peligro para las personas al claustro del convento de San Francisco en Ourense. Este claustro lucía esplendoroso hace diez años. Hoy está comido por la vegetación y ha pasado a ser un monumento a la desidia. Como la Torre dos Moreno en Ribadeo. Señales claras de que a los gobernantes les importa un bledo. A los gallegos de a pie lo que nos sucede es que únicamente nos preocupamos de nuestra casa, de nuestro piso, hasta donde el linde dice que el resto ya no es nuestro. Y no es así. Tenemos que cambiar y pensar que nuestra casa es Galicia entera, de A Mariña a Tui, de A Gudiña a Fisterra. No podemos tener los cascos viejos como trasteros abandonados. Lo que pasa en Betanzos, ciudad de caballeros, clama al cielo. No podemos caer en lo que escribió Gil de Biedma «y vivir como un noble arruinado entre las ruinas de mi inteligencia». Lo que hacemos con el patrimonio tiene nombre: suicidio colectivo. La estupidez insiste siempre, que decía Camus.
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