El presidente Rodríguez Zapatero está encantado con su Gobierno. O eso dice. Tan satisfecho está que piensa mantenerlo, pese a la situación de deterioro económico y laboral que padece el país. El presidente no cree que sus ministros estén desanimados ni que sean unos incapaces, como estamos convencidos algunos, y por eso se muestra tan rotundo en su defensa.
Al presidente Feijoo le ocurre lo mismo que a Rodríguez Zapatero. Que también está feliz con los que situó a su vera. Que no los ve inexpertos, desconocedores de la tierra que gobiernan, ni desmoralizados, que es como los vemos los demás, por mucho que los vistan de amas de casa. Los demás, a día de hoy, somos casi todos, incluidos los más fervientes defensores de la política popular y hasta los cargos del partido, muy preocupados ellos, no solo por la deriva del Gobierno Feijoo, sino también por la del propio país.
Es cierto eso de que cuando se gobierna se pierde la noción de la realidad. No hay más que verlo. Nuestros dos presidentes están orgullosos de sus Gabinetes y creen que con ellos serán capaces de hacer lo que no han hecho hasta ahora. Les ocurre a los malos entrenadores de fútbol, que van camino del descalabro y se obcecan en defender a una plantilla de zopencos que no saben ni para dónde han de tirar el balón. Claro que la otra alternativa es la de cambiar al entrenador. Que, a lo mejor, es la más efectiva, aunque me temo que no entra en los planes de ninguno de los dos. Esa posibilidad la han abandonado en el desván. En el desván de los monjes, se entiende.
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