Como dicen en Forcarei, estaba de Dios. Y, después de cien peticiones e invitaciones que sirvieron para trasladar a la historia el designio de la Providencia, el obispo de Roma aterrizará en el sistema aeroportuario gallego -«un aeropuerto, tres pistas»- el próximo 6 de noviembre. A este éxito se apuntarán en Galicia y en España varias instancias, entre las que han de figurar, por derecho propio, el Arzobispado, la embajada ante la Santa Sede, las monjas de clausura que rezaron para que el cielo iluminase la agenda del Pontífice, Zapatero, los hosteleros y -¿cómo no?- Fernández de la Vega.
Aunque no me cabe la menor duda de que el pecho más inflado será el de la Xunta, que pronto va a empezar a tapar los baches y a disimular las arrugas que jalonan la ciudad, para que todo brille como el sol el día que el papa vuelva a proclamar que el Camino a Santiago es una ruta de fe, esencialmente cristiana, que conecta con la fundación de Europa.
Pero lo que yo veo en el fondo de este colosal milagro es que el poder del cielo sigue siendo mucho mayor que el de la tierra, y que, después de habernos creído que habíamos inventado el Xacobeo para salvar el año santo que se diluía en los mares del laicismo y en la incredulidad de los posmodernos, tenemos que aceptar que la historia se ha vuelto del revés, y que va a ser el milenario año santo, el que trae a Santiago al primero de los peregrinos de la fe, el que va a salvar del desastre la confusa feria que viene siendo el Xacobeo.
Porque aunque el Papa no va a traer a Santiago diez millones de turistas -un charlatán diría: «¡ni diez, ni nueve, ni ocho, ni siete, ni seis, ni cinco?, sino cuatro millones de turistas»-, ni va a subir un 2% el PIB de Galicia, porque ese milagro ya lo hizo en su día Fuentes Quintana, va a confirmar que Santiago es un destino de fe cuya fuerza reside en su catedral y en su tumba apostólica, y que incluso los más ateos vienen al Finisterre no para escuchar ópera, o para ver a Diana Kroll, sino para acercarse al misterio tan atrayente e inescrutable que durante mil años trajo a Compostela a millones de creyentes.
Para mí sería un inmenso gozo que la visita del Papa confirmase de una vez que Santiago no sería Santiago sin la fe, sin el papa, sin los cristianos que vienen a rezar, y sin los que -atraídos por la santidad que rodea el entorno catedralicio- vienen a la tumba del Zebedeo a imbuirse de la sacralidad que generaron los creyentes y que ellos solo consiguen sentir por aproximación. Y que, en este orden de cosas, dejásemos a la iglesia gestionar su tesoro y sin insistir en la feria de las vanidades que este año se estaba derrumbando -como diría San Agustín-con estrépito horrísono.
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