Le voy a hablar desde el corazón, señora Díez, no desde la frialdad serena. Le voy a hablar en mi nombre, que soy uno y gallego, y no pretenderé que piense que hablo en otra circunstancia que no sea la propia. Mi país, señora Díez, ha luchado siempre en contra de la adversidad. Ha tenido que pelear más duro que nadie: porque nos han negado antaño el progreso y los afectos. Hemos emigrado, esperamos en la cola por las autovías, el AVE aún no nos ha cruzado, nuestra lengua lucha más que ninguna por no desaparecer, nuestros empresarios más queridos -a golpes de esfuerzo- se niegan a marcharse de aquí, sufrimos más que otros y, pese a tanto, nadie nos puede negar la solidaridad, la hospitalidad y la dignidad de pueblo viejo. Eso es ser gallego, no el necio o resignado. Mi país esperaba una simple disculpa. No llegó. Su soberbia la sobrepasa, también ese hábito infame de algunos políticos que se creen en posesión de la verdad absoluta. Me duele que a usted, que no sabe pedir perdón, la distingan en el conjunto del Estado como la política mejor valorada. Más que Zapatero, que ha sido un caballero al decir que no es gallego, pero que se sentiría muy orgulloso de serlo. Más que Rajoy que, como usted señaló, es gallego, y de quien nos consta también su orgullo por serlo. España se ha equivocado con usted, porque la altanería y la acrimonia no puede valorarlas nadie. Lo malo no es equivocarse, sino perseverar en el error. Le regalo mi dolor, señora Díez. Pero por educación, virtud de la que usted carece, no me atrevo a otorgarle ni siquiera mi desprecio.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios