Al pasillo te largaban cuando te portabas mal en clase. En el pasillo están los funcionarios de un juzgado coruñés, que no hicieron mal a nadie. Con su mesa, sus papeles, sus denuncias a la vista de quien pase, sus teléfonos... Sin ventanas. Sin iluminación exterior. El periodista de La Voz Alberto Mahía desvela hoy, con intención, una situación increíble en el 2010. Ahí tienen a las funcionarias del juzgado de violencia de género en mitad de ninguna parte. Puro proceso de Kafka. La Consellería de Presidencia, hay cabezas que ruedan por menos, les prometió que sería una situación transitoria. Pero ya llevan un año así y saben que va para largo. Dependen de unas obras que, aunque licitadas, pueden demorarse. ¿Tendrán esas obras plazos sin horizonte como la Tercera Ronda? La incomodidad no es lo peor del pasillo en el que están. Hay algo mucho más grave. No tienen ni un espacio para atender separados al agresor y a la víctima. Al ser un juzgado de violencia de género, tienen que tomar declaración a ambos y ya ha sucedido que la familia de una joven violada se encontró con el presunto autor del hecho. Terminaron a golpes. Un desastre. No es una astracanada. Es real. Los sindicatos denuncian que los juzgados de A Coruña son un «laberinto», sin hilo del que tirar. Da igual quién gobierne. La justicia es el pariente pobre al que nadie quiere sentar en su mesa. Mejor, sentenciados al sótano o en el pasillo.
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