Quiero escribir la crónica más triste este viernes. Y no es triste por Roberto Blanco Valdés, cuya voz no callarán las amenazas, ni las agresiones, ni los artefactos cobardes de las madrugadas. Roberto es una de las voces más limpias y uno de los pensamientos más sólidos del análisis político actual. De esos asaltos fundamentalistas le saldrán nuevos gritos de independencia intelectual, nuevos impulsos de honestidad y nuevas fuerzas para el inconformismo.
No, no es por el profesor Blanco Valdés por quien brota la tristeza. Es por la libertad de expresión, que sigue sufriendo ataques que recuerdan los períodos más negros de la historia de la incivilidad. Es por la reaparición de los intransigentes, que no admiten la existencia, y menos la divulgación, del criterio discrepante. Es por este asomo de acciones violentas, que llevan la firma de independentistas que renuncian escandalosamente al diálogo y solo admiten la imposición, contagiados quizá por el odio o por un mimetismo irracional. Y es por Galicia, la tierra de la concordia, que algunos quieren convertir en escenario de la brutalidad.
¿Qué hago, profesor? ¿Les llamo nazis? ¿Y qué otro nombre merecen? Aprendices de terroristas, lo han intentado tres veces. No quiero pensar que vayan a la caza homicida del hombre; pero van a la caza de las ideas. Buscan la destrucción de las ideas por la vía que intentan siempre los totalitarismos: la imposición de la ley del terror. Incapaces de sostener públicamente sus tesis, incapaces de encontrar seguidores, acuden a la técnica del miedo, con el aviso siempre probable de que un artefacto nocturno pueda ser mañana una bala.
Habría que preguntarles qué ideología les inspira, cuáles son las fuentes de sus actitudes, cuál es la meta de sus acciones, qué aspiración les conduce, qué Galicia sueñan detrás de los explosivos. ¿La Galicia de la mecha y el polvorín? ¿La Galicia de la mordaza y las bocas silenciadas? Empiezan así, con unas bombas de palenque y cámping gas, y terminan en la negación de la persona. Lo hemos visto tantas veces en la historia, y en la historia reciente, que hoy es obligado hacer una muralla de afectos al lado del gran Roberto para decirles a esos fundamentalistas que no se equivoquen de camino; que nunca se ha amordazado a la libertad con chantajes ni explosivos; que ni las dictaduras han silenciado al pensamiento; que el pueblo que a veces invocan optó por la libertad y desalojó a los extremismos; y que en el hueco de cada petardo que pongan para imponer su silencio surgirán miles de voces que proclaman el derecho social al pensamiento libre y a su libérrima expresión. Miles de voces que hoy rodean de empuje y aliento al profesor Blanco Valdés.
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