Si uno se planta en Madrid, y afirma que la cultura española está ensimismada, y que rezuma complejos e impotencias frente a la ola anglosajona, nadie le hace el más mínimo caso, y, a no ser que el autor de las declaraciones fuese un mediático profesional -estilo Belén Esteban-, o un nacionalista de los llamados excluyentes ?-como Carod-Rovira-, ningún periódico ni hoja parroquial daría cuenta de tan libre arremetida.
Pero en Galicia las cosas son distintas, y bastó una más que tolerable opinión del conselleiro Roberto Varela para que la intelectualidad pusiese el grito en la Vía Láctea y exigiese la dimisión del autor de tan nefanda herejía. Y por eso conviene pescudar un poquito en el tema para saber cuál de los dos comportamientos es el desviado, y en qué se fundamenta tan ostensible diversidad de percepción y criterio.
La razón por la que a los madrileños les da igual lo que se diga de la cultura española es que la cultura española no está ensimismada, ni tiene complejo alguno, y por eso la diatriba le hace el mismo daño que le hacía a Einstein que le llamasen ignorante, a Gasol enano, o a Cameron Díaz adefesio. Y la razón por la que los gallegos nos sentimos ofendidos por las apreciaciones del conselleiro Varela es que la cultura gallega está profundamente ensimismada y acomplejada, y por eso la diatriba nos produce el mismo daño que sentiría Camilo Alonso Vega si le llamasen ignorante, o Sarkozy si le llamasen enano, o a Anne Ramsey si le llamasen adefesio.
Yo también creo que, a pesar de sus brillantes y competitivas excepciones, la cultura gallega está ensimismada, que vende más por gallega que por cultura, que está llena de tutores que nos dicen lo que tenemos que hacer y adónde debemos ir, que gira siempre sobre los mismos temas, y que necesita un baño de internacionalización, pluralismo, diversidad y desacralización.
También estoy convencido de que la cultura padece un desequilibrio literario que la llena de moho, y que está presa de la condición de hirmensul de la nación gallega que -en detrimento de una Galicia real que se expresa en la ingeniería, la medicina, el cine, la música clásica, la arquitectura, la historia, la pirotecnia y el periodismo- se han atribuido los escritores. Creo que la confusión subyacente entre la cultura gallega y la cultura hecha en gallego, o sobre temáticas con marchamo de galeguidade, empieza a ser perniciosa. Y creo que a la cultura gallega le hacen mucha más falta los revulsivos que las medallas, los críticos que los aduladores, y los posmodernos que los clásicos serodios.
Y por eso concluyo que si el conselleiro quiere dimitir -cosa que él verá- en ningún caso debe ser por lo que libremente piensa y dijo.
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