De noche para que se viera menos, la estatua más simbólica de Franco, la de su ciudad natal, se cayó del pedestal hace ocho años. El alcalde de entonces, Xaime Bello (BNG), retiró la efigie con la disculpa de que comenzaban las obras de reforma de la plaza de España, que era como una inmensa rotonda imperfecta, con Franco ecuestre metido en medio. No había llegado Zapatero con su ley de memoria histórica singular, por lo que Xaime Bello tuvo que ser cauto a la fuerza: el general y su caballo seguirían expuestos en el patio de Poniente del Arsenal de Ferrol, a salvo del polvo de las obras en la plaza, que, por cierto, permanecen inacabadas ocho años después.
El viernes, el amigo de Franco desde los tiempos de la Legión, Millán Astray, un bronce de más de tres metros de altura, salió desde la plaza que todavía lleva su nombre en A Coruña rumbo a un almacén municipal. El Ayuntamiento que preside Javier Losada, a pesar de estar amparado y a la vez obligado por una ley estatal sobre símbolos del franquismo, también ha hecho coincidir la retirada con una reforma urbana de la zona, y ha elegido una hora temprana, la del amanecer, para elevar a Millán Astray hasta el volquete de un camión.
La cautela del regidor coruñés con Millán Astray es innecesaria, casi resulta anacrónica, porque a esa estatua hace tiempo que le llegó la hora de pasar a la reserva. Bastante tiempo, aunque el presidente provincial del PP y líder local del partido, Carlos Negreira, coqueteara en la campaña electoral autonómica de hace unos meses con que la estatua estaba bien atornillada donde estaba.
El PP lleva varios años haciendo manitas con los símbolos del franquismo y cayendo en contradicciones evidentes, unas veces porque a algunos de sus miembros les entra la nostalgia y otras, las más, por oportunismo político. Estrategia de corto recorrido que solo conduce a que broten las incoherencias. La última surgió esta misma semana con el Franco ecuestre de Ferrol.
El alto mando del Arsenal de Ferrol llamó al Ayuntamiento para que, ahora que ya han pasado ocho años desde el traslado temporal, se hagan cargo de la pieza, que ocupa una barbaridad de su transitado patio. El socialista Irisarri pactó con los militares que lo mejor era guardarlo sine die en un trastero del propio Arsenal y taparlo con una lona. Los concejales del PP ferrolanos votaron a favor de la propuesta, en una actitud muy diferente a la de su presidente provincial hace unos meses con una estatua secundaria y de un personaje secundario, el señor Millán Astray.
Para las generaciones educadas en democracia, el militar no es ningún héroe, sino un personaje que adoraba la violencia, deseaba la muerte de la inteligencia y su lema era más tétrico que el cementerio de los zombis de Michael Jackson: ¡Viva la muerte! A Coruña no se merece en sus calles una estatua de quien proclama la muerte de la vida. Ni Millán Astray era merecedor de la diplomacia vaticana con la que Javier Losada lo ha enviado a un almacén, ocho años después que a Franco en Ferrol.
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