No es la menor paradoja, en este asunto enloquecido de la rotulación comercial, que el negocio español más conocido se llame ¡El Corte Inglés! Nadie sabe, pese a ello, de ningún rancio españolista que haya propuesto que el buque insignia de nuestros grandes almacenes pase a denominarse El Corte Hispano o, ya metidos en harina, El Cid Campeador o El dos de mayo.
Por desgracia va resultando, sin embargo, habitual, que en Cataluña se multe a comerciantes por no rotular en catalán. La última víctima de una norma tan esperpéntica como injusta ha sido doña Feliciana Piris, propietaria de un negocio de tejidos llamado Blau Marí (Azul marino) que se ha negado en redondo a anunciar su mercancía («Textil, hogar y tapicería. Sedas, lanas, sastrería y fantasía») en catalán. La razón de esa negativa, que acaba de costarle a la señora Piris una multa de 1.200 euros, no es que aquella odie el catalán, lengua que habla habitualmente, sino, sencillamente, que sus clientes son castellanoparlantes en su inmensa mayoría.
Aunque a los nacionalistas -y a estos socialistas nacionalistizados que hoy sufrimos- les encanta plantear esta cuestión, al igual que muchas otras relativas a la lengua, como un conflicto entre idiomas, la obligación de rotular afecta en realidad a algo más fundamental: a la pura y simple libertad.
Pues son la libertad y la autonomía de la voluntad individual, que toda sociedad pluralista debe proteger, las que quedan arrasadas por una obligación que solo puede imponerse a partir de una concepción sobre la potestad del poder público de raíz claramente autoritaria.
¿En qué idioma debe rotular uno su negocio? Pues, ¡hasta ahí podíamos llegar!, en el que le dé la gana a uno. En catalán, vasco, gallego o castellano, por supuesto, pero también en cualquier otra lengua del planeta. Es probable, desde luego, que si alguien rotula en suajili o nepalí, digamos en Huesca o en Gijón, tenga serios problemas para llegar a los clientes, pero ¿a quién puede negársele el derecho de montar un negocio para no ganar un chavo?
En España vivimos hoy en medio de una fuerte pulsión autoritaria contra la libertad individual provocada por la supuesta necesidad de defender identidades regionales. Es trágica para quienes la sufren, pero no es original: la misma pulsión llevó a Franco a españolizar los nombres ingleses o franceses (por ejemplo, Saboya por Savoy) y a sus partidarios a publicar un cartel estúpido y brutal que a muchos debería hacer reflexionar: «Hable bien. Sea patriota. No sea bárbaro. Es de cumplido caballero que usted hable nuestro idioma oficial, o sea, el castellano. Viva España y la disciplina de nuestro idioma cervantino». En eso estamos otra vez, solo que al revés.
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