No estoy de acuerdo con que las titulaciones de Bolonia hayan reducido en un año la duración de las antiguas licenciaturas; ni con el batiburrillo de posgrados que se está montando; ni con un sistema de selectividad que acumula los mejores alumnos en algunas carreras y concentra el refugallo en otras; ni con un modelo de evaluación objetiva del profesorado en el que lo que menos cuenta para la excelencia es ser un buen profesor. No estoy de acuerdo, pero lo entiendo, lo cumplo, me evalúo, e incluso formé parte del equipo que implantó en Santiago la primera titulación -la de Ciencias Políticas- adaptada a Bolonia. Porque una cosa es discrepar y otra muy distinta es saber dónde está la autoridad que debe ordenar el sistema.
Pero el problema del gallego no es una cuestión funcional, sino de concepto, y por eso entiendo que la simple adaptación al sistema no cierra un debate al que en conciencia me siento obligado. Porque la batalla lingüística en la que se ha metido la Xunta, de forma muy irreflexiva, no está centrada en la discusión sobre las ventajas del plurilingüismo, o sobre la enseñanza de las lenguas, o sobre la proporción del currículo que es necesaria para que se alcance plena habilidad en el uso normalizado de una lengua.
El problema es el concepto que se tiene del gallego, y las consecuencias que de ese concepto se derivan. Y, desde esa perspectiva, la Xunta ha roto un acuerdo que funcionaba a las mil maravillas, para reclamar un consenso social que, lejos de hacerse sobre los anteriores supuestos -«el gallego es la lengua propia de Galicia»-, propone unas bases que yo, al menos, no acepto: «Cada cual habla y estudia en lo que le da la gana, el gallego ya va servido si le damos las mismas horas y oportunidades que al castellano, y el único dogma lingüístico que existe en Finisterre es el inglés».
El problema es que, mientras unos pensamos que el gallego es un patrimonio común que estamos obligados a engrandecer, y que esa obligación no se cohonesta con una anarquía curricular basada en el oportunismo y el personalismo, otros piensan que el gallego es un mueble viejo, que hemos heredado de nuestros antepasados campesinos y paletos, y que, ahora que vivimos en el loft , no sabemos dónde arrumbarlo.
Claro que, a pesar de las apariencias, antes que gallego soy demócrata, y en modo alguno considero correcto prohibir el debate sobre la hipotética reducción del gallego a estorbo lingüístico en vías de extinción. Lo único que quiero es que, si la cuestión es esa, que se atrevan a decírmelo a la cara. Porque en ese caso volvería a hacer mítines -¡a mis años!- por las parroquias rurales, donde deben quedar, en plan lingüístico, los últimos de Filipinas.
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