Primera piedra en el camino hacia el necesario, casi bendito, pacto por la Educación: el PP quiere condicionar su contenido. Se me dirá que no, que Mariano Rajoy no hizo otra cosa que ejercer su derecho a presentar sus ideas, igual que hace con sus iniciativas sobre economía. Está harto de que le digan que no ofrece alternativas a las políticas de Zapatero, y quiere inundar el país de propuestas. Es, efectivamente, su derecho. E incluso su obligación, si aspira a que la sociedad española pueda elegir entre modelos diferentes. Lo discutible es el momento elegido.
¿Por qué es discutible? Porque resulta de mal estilo negociar un marco educativo con el Gobierno y, al mismo tiempo, ponerse ante las cámaras y difundir un programa que no sabemos si ha sido expuesto en las conversaciones, o si es una alternativa al pacto mismo. El ministro de Educación puede considerarse burlado. Puede entender que le tienden una trampa. Puede sospechar que lo sitúan ante un trágala. Y, cuando Rajoy dice confiar más en la seriedad de Gabilondo que en la seriedad de Zapatero, es legítimo pensar que estamos ante una maniobra para provocar división en el Gobierno. Pero lo más triste es sospechar que el pacto interesa menos que su rentabilidad política. Si no se buscara la rentabilidad, no se haría esa pomposa presentación.
Es, por ello, el momento de decir: señores, no jueguen con estas cosas. No nos hagan decir aquello de que la Educación es algo demasiado serio para dejarla en manos de políticos. Si han optado por la vía de un pacto tan demandado, no le pongan zancadillas. En la mesa de diálogo se exponen posiciones, métodos y metas. Se negocia, se exige, se cede, se hacen aportaciones ideológicas, se efectúan transacciones para que no haya vencedores ni vencidos. Pero todo se resuelve en la mesa, que es el terreno de juego elegido.
Pactar es un ejercicio de generosidad inmenso, porque supone renuncia. Un pacto nunca tiene paternidad clara, porque es fruto de todos cuantos participan en él. Cuando se condiciona a las ideas de uno; cuando se lleva al terreno ideológico propio; cuando se utiliza con intención electoral, se empieza a hacerlo imposible. A mí me encantaría ver las ideas de Mariano Rajoy asumidas por Ángel Gabilondo y selladas por Rodríguez Zapatero. Me encantaría ver a Zapatero y Rajoy firmando algo tan importante como un acuerdo en Educación. Pero tengo el temor de que ese sueño se empezó a morir ayer. Porque, si ayer se expusieron las condiciones, ¿qué puede esperar el Gobierno? Solo esto: que, si acepta esas condiciones, el paso siguiente será ver a Rajoy cantando victoria con una de sus célebres anotaciones: «Le hemos impuesto al Gobierno el sentido común». Así es muy difícil negociar.
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