En el Neolítico la humanidad pasó de recolectora, pescadora y cazadora a agrícola y pastoril (una versión actual son las granjas industriales marinas y terrestres). Desde el Neolítico empieza la emisión antrópica de CO2 a la atmósfera al cambiar el uso del suelo (agricultura, ganadería, deforestación), y llega al máximo en la etapa industrial (desde 1850 hasta hoy). No siempre actividad humana implica aumento del CO2, pues guerras y epidemias tienen un efecto contrario. En el siglo XIII la invasión de China por los mongoles y sus matanzas masivas hicieron descender el CO2 de la atmósfera por la revegetación pasiva de los campos de cultivo abandonados. Contra la emisión de CO2 hay un proceso natural corrector; el tándem biosfera-atmósfera ha reintegrado a la corteza terrestre el 37% del carbono emitido durante la etapa industrial.
Al principio, la energía de la humanidad era sol o madera; después aparecieron otras: hidráulica, eólica, mareal, minerales carbonáceos, geotérmica, nuclear. Nos atemorizan con la falsedad del agotamiento de la energía. Solo dependemos de dos materias primas: agua y energía solar, que aun no siendo recursos renovables, tardarán 1.000 millones de años en desaparecer. Pero se ha basado el desarrollo en los recursos energéticos más escasos (carbón, petróleo, gas), dilapidándolos en guerras para su control o transportándolos a miles de kilómetros hasta los centros de consumo. Ahora se empiezan a aprovechar los recursos con mayores reservas: solar (incluye la eólica, y la hidroeléctrica), nuclear, geotérmica, que causan menos perjuicios a la Tierra. Pero el fantasma del exceso de CO2 nos oprime y de ahí nace el sueño de la humanidad de cambiar el clima, la musa más rentable para investigadores y políticos. Se busca controlar el CO2 imitando a la naturaleza: reforestación (20% del carbono procede de la deforestación), controlar la ganadería (una vaca contamina más que cuatro coches), cambiar la agricultura (los arrozales liberan metano muy perjudicial para el efecto invernadero), enterrar CO2 en el océano, en tierra, convertir los mares en cultivos de algas que consuman CO2 produciendo oxígeno (pero un aumento de 02 atmosférico mas allá del 21% actual incrementaría los incendios espontáneos), apantallar la radiación solar con nubes de partículas reflectantes, multiplicar el albedo cubriendo el mar con aerosoles blancos imitando las zonas nevadas o los casquetes polares.
La cumbre de Copenhague ha sido un fiasco al coincidir con una ola de frío glacial en el hemisferio norte, mientras se discutía, sin acuerdos, sobre el cambio climático. Y el CO2 disfraza la mala gestión de las comunicaciones durante nevadas intensas, o la impotencia de los servicios meteorológicos para predecir el clima con una semana de antelación. En una variante del complejo de Edipo, le echamos la culpa a los Estados Unidos, pero el gigante chino es ahora el nuevo enemigo medioambiental, sustrayendo argumentos a la gauche divine . El pueblo chino, casi el 20% de la población mundial, tiene derecho, y lo ejerce, a vivir como nosotros. Después vendrán África, la India, Sudamérica, etcétera, que tampoco quieren quedarse atrás. Es irónico que los países subdesarrollados sin derechos sociales suministren bienes de todo tipo, incluso alimentos, a precios bajos, que se revenden más caros en el mundo desarrollado. Y esa actividad industrial genera más contaminación atmosférica para la Tierra, haciéndonos culpables del expolio en materias primas del Tercer Mundo y de la contaminación generada al transformarlas. Sin CO2 no habría vida en la Tierra, pero aparentemente hoy es nuestro enemigo.
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