Hablan unas mujeres de sus parejas. De las rutinas, de si ellas están dormidas cuando ellos llegan. O de si ellos están dormidos si ellas salen más tarde de trabajar. La mayoría no disimula. Y dice que están «completamente dormidas» cuando él llega. Aseguran que comparten cama, pero solo para dormir. Reconocen que es un riesgo. Y una de ellas las pica: «Tenéis que esperarle, pero no dormidas, hija, mejor desnudas». Tras las carcajadas, cuenta otra que, en un cursillo matrimonial, el cura les explicó: «Debéis de esperar a vuestros maridos con esa ropita interior que tanto les gusta para que la relación no caiga en el aburrimiento». El cura, un experto total, fue más lejos y les detalló a ellos que, con las mujeres, hay que hacer las cosas con calma: «Es como con los coches de antes. No se puede ser bruscos. Hay que encender, calentar el motor, tirar del aire, si es necesario. Así es mucho mejor». Un fenómeno este asesor tan espiritual como carnal, casi una doctora Ochoa con sotana. Otras comentan que lo único que comparten por la noche con sus maridos es la tele. Y dicen, con ironía, que hoy es fácil saber quién lleva los pantalones en una casa: «Manda el que tiene el mando, de la televisión, claro». Los ritmos de trabajo y el cuidado de los niños complican las relaciones de tal manera que muchas no tienen problema en reconocer que, cuando se meten al fin en cama, solo quieren dormir y... dormir.
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