Aunque la Nochebuena sigue siendo una fiesta compleja y contradictoria, llena de nostalgias y soledades, de recuerdos dolorosos y ausencias insufribles, la gente de medio mundo -la otra mitad hace algo parecido en otras fechas y con otros motivos- sigue empeñada en mantenerla como punto de encuentro familiar, como día de atenciones y obsequios a familiares y amigos, y como la fiesta en la que se invoca la paz que nace del amor entre todos los hombres y la solidaridad entre todos los pueblos. Y eso es lo que celebramos hoy, aunque los alumbrados cada vez más profusos y neutros que cubren nuestras calles se empeñen en hacernos olvidar que todo esto tiene origen en la extraña historia del portal de Belén, esa que, entre incrédulos y suficientes, le contamos a los niños con palabras que nunca cambian y músicas que jamás pasan de moda.
Las estadísticas dicen que la Navidad se parece cada vez más a una convención social en la que todos tenemos la obligación de comprar cosas para regalar, en la que casi nadie se acerca a la misa del gallo, y en la que todas las familias que no regresan pronto a sus casas acaban discutiendo sobre la cafetera sin tapa y las dos tazas que quedan del juego de café de la abuela.
Pero lo verdaderamente importante es que al año siguiente volvemos a reunirnos, a hacernos regalos y a desearnos felicidad, como si todos sintiésemos la obligación de cumplir con algo que nos han inculcado de pequeños y que ejerce sobre nosotros una misteriosa e irresistible atracción.
De hecho la Navidad se celebra más que nunca, aunque también se celebre peor que nunca. Y por eso cabe pensar que a la vuelta de este ciclo, en el que todos los pijos están reinventando el solsticio de invierno, volvamos a preguntarnos por las enseñanzas que encierra la misteriosa y atractiva narración del nacimiento del Hijo de Dios. Y hasta es probable que nos demos cuenta de que es más fácil creer en la fantástica historia que cuenta San Lucas (2, 1-38) -con pesebre, pastores, reyes magos y voces celestiales-, que aceptar que todo esto sucede por nada, porque lo mantienen los grandes almacenes, o porque en el trópico de Cáncer el sol sale 27°al sureste, culmina al sur, donde alcanza su altitud máxima de 43,12°, y se pone 27° al suroeste, después de estar 10,6 horas sobre el horizonte.
Frente a lo que algunos creen, la Navidad no está en peligro, porque sigue siendo absolutamente necesaria. La que está en peligro es esta generación a la que le asusta más lo poético y lo grandioso que lo exótico y lo hortera, y que por eso sigue empeñada en hacer una Navidad sin portal, una fiesta sin motivos, y una alegría ficticia. Porque si no hay Niño en Belén, todo esto es una farsa.
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