La carnaza vende. Y si está podrida mejor. Los desperdicios son un estupendo alimento para las audiencias. Es así de triste. Es hora de pedirle perdón a Diego, a quien la sociedad le falló en racha. Si yo fuese él, no sabría dónde esconderme. Lo hemos dejado tocado para toda su vida. Nunca va a entender nada. Me refiero al joven al que primero un médico, con un parte errado de agresiones a una niña, y detrás, como una tropa indocumentada, los periodistas convertimos en asesino pederasta, sin preguntar. Ese error en cadena fue amplificado por radios, teles, diarios digitales, que muchas veces trabajan a ciegas, y hasta por la prensa seria, la que se supone emplea recursos en saber si las historias son ciertas. Le pusimos el amplificador a este pobre chaval que simplemente había llevado a la niña de tres años de su novia al parque y la había cuidado como siempre, de forma responsable. La niña se cayó en el columpio y se hizo un daño interno que pagó días después con su vida, sin que Diego tuviese nada que ver. Solo la pena enorme de perder a la hija de su pareja, a la que seguro quería. Pero el morbo nos cegó. A algunos de forma espectacular, con primeras páginas que abochornan a cualquiera. ¿Quién le devuelve ahora el honor perdido a Diego? ¿Cuál es el precio de haber tratado a un inocente como un criminal? ¿En qué clínica se arregla este destrozo? ¿Por qué estamos convirtiendo este viejo oficio honesto de contar historias en basura?
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