Hay poetas que nacieron para estatuas. Engreídos que solo merecen la suciedad de las palomas. Que se quieren tanto que escriben para nadie. Que viven subidos en un altar sin enterarse. Que el único eco de sus versos es su ego. Eco, eco, ego, ego. Estos poetas profesionales son aún más insoportables que los novelistas profesionales. La vanidad es una enfermedad de estultos. Pero hay otros poetas como José Emilio Pacheco (1939), el mexicano que ha ganado el premio Cervantes. Pacheco teclea, despistado, el rumor de la calle. Sin más convenciones. Es ese niño que no ha crecido nunca y que sigue intentando asaltar la luna. Su lenguaje es el de la gente. Sabe que el mar late en los ojos de algunas mujeres, que la nieve es una novia y que nombrar las cosas solo puede ser un ejercicio de modestia. Dicen de él que no le gustan las entrevistas, porque no sabe qué contestar. Como el Príncipe de Asturias busca ser una cantera del Nobel, el premio Reina Sofía, que también tiene Pacheco, es el aperitivo del Cervantes. Ya sucedió con José Hierro, Álvaro Mutis, Juan Gelman, Antonio Gamoneda y ahora este Pacheco que lamenta que la música tan linda de los pianos salga del marfil de los elefantes y de la tripa de los gatos con la que se hacen las cuerdas. Lo bueno de que haya ganado Pacheco es que ha triunfado un tipo sensato que sabe que al final de esta payasada todos somos perdedores porque nos quedamos sin lo único que teníamos de verdad: la vida.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios