En un informe del año 2001 de la Agencia Nacional de Investigación Económica de los Estados Unidos sobre la remuneración de los altos ejecutivos se señalaban algunas cosas que, a la vista de nuestros graves problemas económicos actuales, no hubiera estado mal tener en cuenta. Incluso en Galicia.
Por un lado se anotaba cómo los altos ejecutivos (de empresas o entidades financieras) establecían de hecho sus propias remuneraciones con la única restricción del escándalo que pudiera derivarse de su diáfano conocimiento público. Se habría dejado así atrás una época de menores ingresos. A cambio, tales ejecutivos se centrarían en elevar al máximo la cotización de las acciones de la empresa, hacerla crecer velozmente, maquinar éxitos continuos más o menos aparentes o diseñar programas grandiosos de adquisiciones y expansiones. Accionistas, clientes, financiadores o supervisores pasarían por dejarlos cobrar lo que sea con tal de percibir una empresa en acelerado crecimiento.
Si trasladamos tales afanes al sistema financiero español (y muy singularmente a las numerosas cajas), sus gestores (que no propietarios) habrían clonado el modelo a escala. Ignoramos sus ingresos (directos y, menos aún, indirectos) millonarios, pero a cambio nos ofrecieron una expansión acelerada de la red de oficinas, de empleados, de ostentosos patrimonios inmobiliarios vinculados a la obra social, de trepidantes prestatarios en sectores de alto riesgo. En fin, una burbuja financiera e inmobiliaria en toda regla.
Se habrían -aquí y allí- enriquecido? mientras el negocio se iba a pique. Esta es, al parecer, la situación de riesgo por la que el Banco de España los obliga a adelgazar aquellas expansiones y a agruparse; si quieren contar con el ahora imprescindible apoyo público y no cerrar el negocio y despedir al personal. Vicios privados y dinero público.
Sucede que, como tales gestores no son los dueños de las cajas, otras entidades financieras que sí tienen dueños y accionistas (los grandes bancos) acarician en tal coyuntura la posibilidad de eliminar a un competidor molesto. Por eso animan a actuar al Banco de España «con plenos poderes» y «sin interferencias políticas» para que diseñe la metamorfosis final (con cuotas participativas o convertibles en acciones) en instituciones dependientes de bancos privados. En esto coinciden con Aznar: que sean «progresivamente privatizadas». Bingo, si además conseguimos que los progresistas también tengan parte del pastel y, cómo no, que sus actuales gestores muten en accionistas privilegiados de las nuevas criaturas.
A estas alturas de la película no me queda ninguna duda de que las operaciones extraterritoriales (como la de Cajastur con Caja Castilla-La Mancha) son el camino más corto para esta metamorfosis y posterior digestión. Y por eso mismo considero que el anclaje territorial de las cajas es imprescindible (aunque no suficiente) para evitarlo. Y como tal anclaje ya no puede ser de ámbito municipal, creo que solo resta el ámbito autonómico para poder disponer de una banca regional cuasipública. Claro que si hay tantos desinteresados en esto como observo y tantos interesados en lo otro como me temo, asistiremos a una feroz invasión de extraterrestres mutantes.
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