Cualquier observador independiente sabe que el Prestige no se hundió por viejo -que lo era-, ni por enferruxado -que lo estaba-, ni porque Iohannis Apóstolos Mangouras careciese de experiencia o valentía para hacer las maniobras, ni porque, como ahora se insiste, faltasen protocolos o antecedentes que aplicar a las tareas de salvamento. El Prestige se hundió por pura negligencia de la Administración competente, y porque nadie se atrevió a tomar ninguna decisión que pudiese implicar el más mínimo riesgo.
La historia del hundimiento del Prestige está escrita con indecisiones culposas, ya que incluso la orden de alejar el buque hacia aguas de competencia borrosa -que es la medida más cobarde de cuantas se podían tomar-, se ejecutó de forma poco decidida, en zigzag y sobre mar arbolada, hasta hundirlo en la fosa atlántica, a 3.850 metros de profundidad, en el punto en el que más costoso y peligroso podía ser el posterior control de la carga.
De todo aquello han pasado siete años, que en realidad son muy pocos. Pero todo indica que la historia real del Prestige se ha borrado de nuestra memoria, y que todos hemos convenido en reconstruir una narración fabulada del naufragio que nos evite el bochorno colectivo de haberlo visto con nuestros ojos y haber dejado que las autoridades se fuesen de rositas y sin responder de nada. El ex ministro Álvarez Cascos, y López-Sors, que eran los responsables del asunto, intentan sustituir el debate político, desde el que se podía evaluar la gestión del naufragio, por un puro análisis técnico en el que parece que solo los hados, los temporales y las carencias de recursos explican la catástrofe.
Y ya es de temer que la Justicia, que lleva siete años amontonando folios en un juzgado pequeñito, construya finalmente el mismo veredicto que hizo Felipe II en dos minutos, y sin gastar un solo folio, sobre la Armada Invencible: «Al petrolero enferruxado lo hundieron los temporales».
Por eso, porque también somos cobardes para contar aquella historia, nos va a quedar sin aprender la lección más importante del Prestige : que no hay protocolo que valga, ni remolcadores, ni centros de salvamento, ni farrapos de gaita, si nadie toma decisiones de abrigo y desestiba, y si el barco se va, bamboleando sobre las olas, con rumbo hacia el «quinto pino».
Del Prestige se han escrito millones de páginas de periódicos, estudios, informes, sumarios judiciales y discursos que solo funcionan como la faísca que tapa la realidad. Y por eso no podemos evitar que, al releer lo que hoy se escribe, tengamos la sensación de que la fábula interesada le ha ganado la partida a la historia real, y que, ni siquiera como testigos, apenas sabemos lo que allí pasó.
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