Son muchos los que ya empiezan a llamar «el joven Hamlet» a Barack Obama por sus dudas e indecisiones respecto de cómo actuar en la guerra afgana. El presidente de Estados Unidos no lo tiene fácil e insiste en que no arriesgará las vidas de sus militares a menos que sea absolutamente necesario. Sabe adónde llevó a su país el ímpetu belicista e intervencionista del republicano George W. Bush y no quiere repetir el mismo recorrido.
Pero la decisión sigue siendo difícil. Obama no quiere ser el culpable de una vuelta a la situación inmediatamente anterior al 11-S, con Al Qaida y los talibanes campando a sus anchas en Afganistán y con los ojos puestos en el nuclearizado Pakistán. Pero tampoco quiere deslizarse hacia una guerra larga y sin un futuro claro, que demolería su mandato.
Para colmo, sus más directos asesores discrepan lealmente, sin lograr aproximar sus posturas. El vicepresidente de Estados Unidos, Joe Biden, se inclina por unas operaciones antiterroristas selectivas que disimulen tanto como sea posible una salida ordenada de aquel cenagal. En contra, el general McChrystal, jefe de las tropas destinadas en Afganistán, sigue pidiendo 40.000 soldados más para cambiar el signo adverso de la guerra e impedir que Pakistán derive en un Estado fallido.
La secretaria de Estado, Hillary Clinton, sabe que la parálisis puede envalentonar al enemigo, pero también cree que una salida precipitada podría ser la peor estrategia. Por ello pide calma y paciencia, y barajar nuevas opciones.
Pero Obama tiene prisa. Está entre la espada y la pared, y su prestigio se daña a marchas forzadas. Con una salida inmediata satisfaría a muchos de sus votantes, que quieren verse fuera de allí cuanto antes. Pero esta opción solo respondería a un equívoco «sí, podemos», y sería en realidad un «sí, podemos huir», que no le traería nada bueno en el futuro. Sin embargo, Obama aún teme más a una vietnamización del conflicto. Por ello duda, y con razón.
Y sus críticos (los que ahora le llaman «el joven Hamlet») debieran decirle toda la verdad, y no solo una parte. Porque la verdad plena es que no tiene por delante ninguna decisión óptima, ni tan siquiera tiene una buena. Solamente le queda acertar con la menos mala y con menor coste en un futuro difícil de predecir. Esta es la verdad entera.
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