Yo, que aún presumo la inocencia de Crespo y Correa -alias Don Vito-, también tengo la absoluta seguridad de que ni Fraga ni Feijoo consintieron ningún delito relativo a la financiación del PP. Y, puesto que creo que esta es la posición que adoptamos la inmensa mayoría de los gallegos, me parece que pierden el tiempo sacudiéndose el polvo en público y levantando las manos al cielo, no para orar, sino para vender el cartel de «a mí que me registren». Porque esa evidente inocencia en el terreno penal no significa que sus responsabilidades políticas no existan, ni que, a base de hacer declaraciones exculpatorias, no nos estén poniendo en ascuas para saber qué es lo que vieron, y por qué quedaron tan espantados cuando se enteraron de las andanzas de Crespo en los aledaños de San Caetano.
Ayer mismo, mientras insistía en las excusas que nadie le pidió, Manuel Fraga volvió a repetir que cuando se enteró de «lo que estaba pasando» dio orden de alejar a Crespo de cualquier cosa que tuviese algo que ver con la Xunta, recordando que fue Cuíña -el muerto inevitable que sirve de escudo a los que no quieren dar la cara- quien atrajo al PP al pobre chivo expiatorio. Pero es evidente que el problema -lejos de terminar- empieza ahí, y que, siendo lógico que a los gallegos nos interesen muy poco los relojes y los coches que regalaba Special Events a la gente de Valencia, tengamos en cambio una enorme curiosidad y un absoluto derecho a saber qué es lo que vieron Fraga y Palmou antes de desterrar a Crespo, y por qué los jueces no les preguntan nada de aquello que dicen saber, mientras pierden el tiempo buscando indicios por los cerros de Úbeda.
La posición de Feijoo, que pone tierra por medio entre él y la zozobra de su partido, tampoco parece acertada. Porque, aunque es obvio que las responsabilidades penales no van a inquietar al actual Gobierno, no tengo la menor duda de que las andanzas de Crespo, el Bigotes y Correa pueden modificar radicalmente las posiciones iniciales de esta legislatura, y que, lejos de confirmar la audacia con la que Feijoo borró del mapa a los que hicieron un paseo en yate y compraron un Audi carísimo, acaben dejándonos estupefactos ante la creciente posibilidad de que hayamos cambiado los partidos del Audi y el yate por el partido del Gürtel.
La gente corriente ya habla de eso, y los dirigentes del PP deberían tener claro que, en tales circunstancias, pueden estar evolucionando desde el brillo impoluto que nos vendían hace seis meses, a la carrocería oxidada y polvorienta que se vislumbra ahora.
Pero al final me alegra mucho que en todas partes cuezan habas. Porque no hay cosa que más miedo me dé que el modelo angelical que ofrecía Feijoo.
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