La moción de censura es un instrumento esencial de la democracia parlamentaria, porque es el único medio que tienen los parlamentos y las corporaciones para controlar a los Gobiernos y las instituciones unipersonales (presidentes y alcaldes) que previamente eligen. La moción de censura no es necesaria, ni siquiera tiene incardinación, en los regímenes presidencialistas, en los que el presidente o el alcalde son elegidos directamente por el pueblo y solo al pueblo le corresponde destituirlos. Pero tratándose de un sistema como el nuestro, en el que solo elegimos a los que eligen (diputados y concejales), la hipótesis de suprimir la censura sería equivalente a suprimir la democracia misma.
Por eso carece de sentido -y es muy pernicioso- un debate en el que, como sucede en España, se da por supuesto que la moción de censura es algo deleznable, por corrupta y traidora. Y eso lleva a un pacto para no utilizarla, en defensa -dicen- de la democracia, mientras se mantiene dicha figura en el centro mismo del ordenamiento constitucional y electoral que afecta al Estado, a las comunidades autónomas y a los ayuntamientos. No ignoro, claro está, que la disculpa de este pacto es el transfuguismo. Pero, siendo evidente que las mociones de censura solo pueden prosperar cuando alguien cambia el sentido inicial de su voto, parece claro que estamos hablando de otra cosa.
La consecuencia de este razonamiento es que la moción de censura no debiera ser demonizada por los dirigentes políticos, ya que, no siendo posible prescindir de su uso en todos los casos, y siendo con frecuencia el único instrumento que existe para reponer la gobernabilidad de las instituciones, resulta un absurdo jurídico y político, y un peligroso vicio contra la democracia, convertir en algo corrupto e indeseable lo que después ha de usarse por la fuerza de los hechos o la lógica de los partidos. Y no estaría de más recordar que, si es cierto que la desafección a un partido puede estar pagada y ser, por eso mismo, corrupta, mucho más pagada está la ciega fidelidad al jefe de filas y la adhesión inquebrantable a autoridades corruptas o absolutamente inoperantes.
La verdad de esta triste y larga melé es que el pacto antitransfuguismo solo sirve para fortalecer el control -casi absoluto- de los partidos, y para que la presentación de una moción de censura en Silleda o en Benidorm no la puedan decidir los concejales elegidos por el pueblo, sino las señoras Pajín o Cospedal, que viven a cuatrocientos kilómetros de distancia. Porque si los pactantes contra el transfuguismo siguen haciendo mociones y usando tránsfugas a esgalla, como todos sabemos, es obvio que lo único que buscan con el pacto es el monopolio.
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