Ahora que los economistas estamos -con razón- bajo sospecha, reviso un manual de economía redactado en el 2007 en el que su autor ofrece un capítulo sobre Crisis y burbujas . Se avisaba ahí de cómo las crisis financieras suelen ser consecuencia de una burbuja especulativa (por ejemplo, inmobiliaria), sobre todo si la banca ha contribuido a financiar tal burbuja y si esta se ha endeudado con entidades extranjeras. Cuando en un país, además, coincide lo anterior con un elevado déficit con el exterior y un creciente desequilibrio de las cuentas públicas, tenemos todos los condimentos necesarios para padecer una tormenta económica perfecta.
Las fases inexorables son bien conocidas: desplazamiento, recalentamiento, vacilación, apuro, revulsión y pánico. En nuestro caso llegamos a que nadie quiere oír hablar de activos inmobiliarios, nadie quiere comprarlos. El autor del manual avisaba entonces: «Cuando no se sabe muy bien cuál será la evolución del mercado inmobiliario en países como EE.?UU. o España, es mejor pensar que las crisis no son cosa del pasado». Y añadía en la página siguiente que una de las características de las burbujas especulativas es que las advertencias de las autoridades no sirven para nada. Cuando estábamos en la fase de recalentamiento máximo (esa en la que se pide prestado por diez para devolverlo, cuando se haya vendido el activo inmobiliario, por veinte) presumíamos de ser campeones de Europa en menor tasa de paro con apenas un 8%. Como se decía desde la Oficina Económica del Presidente aún en noviembre del 2007: «Cabe prever que esta situación se mantenga durante los próximos años».
Pero ahora que estamos en plena revulsión, ya somos campeones indiscutibles de Europa en mayor tasa de paro con un 18%. Y mientras otras economías europeas estarían sufriendo una crisis internacional con un moderado aumento del desempleo, nosotros veríamos cómo nuestra tormenta perfecta especulativa marca las diferencias. Porque hoy esa diferencia se traduce en un millón y medio de parados de más y en que nos gastaremos este año 36.000 millones en prestaciones. Resultado de aquel modelo inmobiliario vinculado sobre todo a las demandas turísticas.
Para salir del atolladero se presenta justo ahora un modelo de economía sostenible. Como rótulo no está mal: porque aquella burbuja resultó no ser sólida ni, menos aún, sostenible.
Pero creo que, más allá del márketing, tal objetivo genera dos desenfoques. El primero, el que deja en la sombra actividades (obra pública o confección serían dos ejemplos) que son tanto o más estratégicas para una economía sólida. El segundo desenfoque tendría que ver con que, según la propia Oficina Económica del Presidente, el desarrollo sostenible incluye no solo la sostenibilidad ambiental, sino también la social (desempleo, pobreza, desigualdad).
De la primera parte no veo claro yo a un presidente que arranca el curso en las minas del norte, y de la segunda aún veo mucho menos clara una alternativa que se jalea en castillos y plazas de toros. Y así nos va.
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