La acuicultura es el sector de producción de alimentos que está creciendo más aceleradamente en el mundo, lo que permite que esta actividad aporte actualmente el 47% de todos los productos del mar destinados a consumo humano, porcentaje que en el año 1986 apenas alcanzaba el 14%. A ello es necesario añadir que el factor limitante para el crecimiento de la población humana, que alcanzará los nueve mil millones en el siglo XXI, será la disponibilidad de agua dulce, y que el único sistema de producción de alimentos que no consume agua son los océanos, donde se desarrolla una gran parte de la acuicultura.
La acuicultura también tiene, como cualquier actividad humana, consecuencias negativas para el medio ambiente: las alteraciones de los ecosistemas litorales y el impacto sobre las especies pesqueras que se usan como alimento en forma de harina de pescado. Sin embargo, un 50% de la producción de la acuicultura es independiente de la pesca, y su input energético proviene, bien directamente de la producción primaria de los sistemas acuáticos (organismos filtradores, como el mejillón o la ostra), bien de inputs de la agricultura terrestre. Pero las especies cultivadas de mayor relevancia comercial (langostino, salmón, trucha, dorada, lubina, rodaballo, bacalao...) consumen las dos terceras partes de la harina de pescado destinada a la acuicultura, si bien esta, en su conjunto, solo consume el 15% de la producción mundial de este producto. Y es precisamente sobre este grupo donde se asientan algunos argumentos que cuestionan la acuicultura por ser un sistema ineficiente en términos energéticos -convertir proteína barata en proteína cara-, olvidando o desconociendo que el 73% de la harina de pescado producida en el mundo se destina a otra producción animal, pero no acuícola, sino avícola y porcina, sin que ello intervenga como argumento para la sostenibilidad de tales cultivos.
A pesar de estas evidencias, en Galicia llevamos cinco años enredados entre el Galiza Non Se Vende , activísima plataforma estacional, la conservación de la red natura, la inexplicable expropiación forzosa para obtener terrenos propugnada por el bipartito, los cambios en la normativa de los fondos comunitarios europeos, las estrategias afortunadas de internacionalización por parte de empresas gallegas, la vuelta del salmón de cultivo en las rías, el incumplido objetivo de la recuperación marisquera, los recursos judiciales sobre los distintos planes acuícolas, la parálisis en la inversión empresarial consecuencia de todo ello, a lo que se suma la crisis económica, y la carencia de alternativas a la situación creada.
Los últimos episodios no permiten augurar horizontes despejados, cuando la política y la gestión lo ralentizan todo hasta el paroxismo, y una vez más quedará -tal como sucedió con el marisqueo y las almejas, por más siembras que se publiciten- esperar que los productos que en abundancia comercializamos y consumimos vengan de fuera. Incluso el mejillón. A secas, sin paradigma.
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