Al Gobierno de Núñez Feijoo le queda mucho tiempo antes de que los gallegos empecemos a decir que es igual que los de antes. La demolición mediática del bipartito fue tan eficaz y tan profunda -y también tan banal y artificiosa- que nadie se atreve a pensar que aquí hay alternativa. Viendo, además, que Zapatero ya solo sabe girar en círculo, como hacen los osos enjaulados, todo apunta a que esta sensación de que el Gobierno popular de Galicia es un regalo del cielo va a aumentar mucho más cuando Rajoy, Montoro, Camps, Aguirre y Trillo tomen las riendas del Estado.
Núñez Feijoo cayó de pie en la política gallega. Primero obtuvo la vicepresidencia de la Xunta en un suspiro, arrebatándosela de forma inopinada e incomprensible a aquel José Cuíña que la había trabajado hasta la extenuación -expresión que debe tomarse al pie de la letra- durante trece años. Después logró poner colorado a Julio César al interpretar ante Pérez Touriño un « veni, vidi, vici » que para sí quisiera el célebre emperador romano. Y finalmente logró -antes incluso de vender el Audi- que nadie se inmute ya, ni se ponga colorado, cuando los medios de comunicación de la derecha madrileña lo señalan como una posible alternativa al descolorido liderazgo de Rajoy. Algunos ya dicen que Rouco, Sarkozy y Merkel temen por sus respectivas carteras, y que el propio Berlusconi tiene impresa la invitación para recibir al premier gallego en su villa de Capri. Y yo, que tampoco soy manco, estoy investigando si es cierto que es Tamariz, y no un experto, quien dirige los gabinetes de imagen de la Xunta de Galicia.
Pero detrás de esta fantástica descripción no hay más que una pobre realidad mirada con gafas de color rosa, que, tal como afirmó don Ramón de Campoamor, tienen la rara virtud de fundir y anular los conceptos de verdad y de mentira. El Gobierno de Galicia no es ni bueno ni malo, ni es verdad ni mentira, sino que es -para rabia y ninguneo de Tomás de Aquino- del color del cristal con que se mira. Y no me cabe la menor duda de que la inmensa mayoría de los gallegos llevan gafas más rosadas que los dedos de la aurora, colgadas de sus orejas y posadas en sus narices.
Así las cosas, y metidos ya en la batalla de otoño, cabe concluir dos cosas. La primera, que a Núñez Feijoo le queda más mili -o más presidencia de la Xunta, si no gustan de tan manida metáfora- que al Capitán Trueno. Y la segunda, que a pesar de ese período tan largo y aburrido que profetizo, el tiempo para ilusionar se está acabando. Porque la esperanza de que el nuevo presidente trajese un proyecto de Galicia debajo del brazo se esfuma sin remedio, y porque ya es evidente que los gallegos odiamos el riesgo y amamos la mediocridad.
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