Se acaba de morir, en su Alemania natal, Ralph Dahrendorf, una de las figuras más eminentes del pensamiento liberal reformista de la segunda mitad del siglo XX. Perseguido por el régimen nazi en su juventud, estudió Filosofía, Filología Clásica y Sociología en la Universidad de Hamburgo, en la que obtuvo el grado de doctor en Filosofía. Fue también profesor de Sociología en Hamburgo, Tubinga y Constanza. Sin salir de Alemania, fue miembro del Parlamento por el Partido Liberal.
En Inglaterra, en la que residió una parte importante de su vida, se graduó en la London School of Economics, en la que llegó a ocupar durante diez años el relevante puesto de director de la institución. En Inglaterra, ocupó asimismo el cargo de secretario de Estado del Foreign Office. En 1970 fue designado comisario europeo en Bruselas.
Nacionalizado británico, la reina Isabel II lo distinguió con los títulos de sir y barón. Este último llevó aparejada su pertenencia a la Cámara de los Lores. Con razón, en los medios intelectuales y políticos de Europa se le ha considerado un sociólogo germano-británico.
Su obra intelectual no desmerece su carrera política y académica. Yo empecé a leer a Dahrendorf a principios de los años noventa del siglo pasado, cuando su obra llegó masivamente a las librerías españolas, y puedo decir que es de los pensadores políticos que más han influido en mi formación de madurez. Sus Reflexiones sobre la revolución en Europa son una vehemente invitación a las naciones de la Europa del Este, recientemente liberadas entonces de la dictadura soviética, para que acepten las ideas «antiguas, familiares y ya probadas» de la «sociedad abierta» popperiana. Dahrendorf era un gran admirador de Popper. De él nos dice: «Es el autor al que debo más que a ningún otro». Yo podría decir lo mismo de Popper y de Dahrendorf también.
Erudito y riguroso como los alemanes y pragmático y tolerante como los ingleses, Dahrendorf fue un pensador tan equilibrado que los socialdemócratas lo tachan de liberal y los liberales de socialdemócrata. Fue un pensador lúcido, moderado y humilde que produce admiración en sus lectores por su equilibrio y lucidez. Creo que el mejor homenaje que le podemos rendir en el momento en que nos deja es recordar algunas de sus mejores enseñanzas.
Dirigiéndose a esos pueblos de la Europa del Este a los que antes me refería, Dahrendorf les dice: «Fracasado el comunismo y con él la creencia en cualquier mundo cerrado gobernado por el monopolio de la verdad, gastada la vieja política, comprobado que Adam Smith erró también al esperar más de lo que debía del progreso natural de la opulencia y que tampoco el incremento de bienes del capitalismo resuelve los problemas, acreditado asimismo que Marx se equivocó igualmente al esperar que las contradicciones del capitalismo llevarían a la ruptura del nudo gordiano formado por los bienes y los derechos, ha llegado el momento de aquellas ideas antiguas, familiares y ya probadas. Lo más importante es el descubrimiento fundamental de la modernidad: la sociedad abierta. Según ese descubrimiento, los seres humanos son falibles y la condición humana es incierta. Nadie conoce todas las respuestas. En todo caso nadie puede decir si las respuestas que se nos ofrecen son correctas o equivocadas».
Como Hayek, Dahrendorf es intolerante con aquellos que atacan los cimientos de la libertad, pero en oposición a él, le resulta fácil tolerar a aquellos que defienden una mayor participación del Estado en el trazado de la política económica o una transferencia masiva de recursos hacia objetivos sociales. A juicio de Dahrendorf, la constitución liberal y la reforma social deben constituir una nueva alianza.
Por el triunfo de esa nueva alianza trabajó con dedicación y honradez intelectual ese gran liberal reformista que fue Ralph Dahrendorf.
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