H ay veces que las noticias tal cual pesan mucho más que un millón de artículos. El corresponsal de La Voz en Londres, Imanol Allende, publicó esta semana un texto que dolía. Unos padres se tiraron con su hijo muerto por un acantilado en Inglaterra. Al niño, tetrapléjico desde los 18 meses por un accidente, le tocó la doble lotería del espanto y tuvo, además, a los cinco años una meningitis que acabó con él. Los padres, que habían dejado sus trabajos para cuidarlo desde el primer accidente, no soportaron el dolor y se suicidaron con el cadáver del crío en una mochila y sus juguetes favoritos, un osito de peluche y un tractor, en otra. Comentar el hecho es una pérdida de tiempo. A mí me recordó en seguida a aquel padre palestino que interpuso su cuerpo entre los disparos de los soldados y su hijo pequeño. O aquella madre coraje, también inglesa, que decidió tener su bebé, aunque ella padecía un cáncer y solo un tratamiento agresivo de quimioterapia podía ayudarla si abortaba cuanto antes. «Si voy a morir, mi bebé vivirá», dijo, y así fue. Se enteró del cáncer a los cuatro meses de embarazo y esperó a las 25 semanas de gestación para que el niño saliese adelante. Ya era demasiado tarde para salvarla, pero se fue contenta «porque pude ver a Liam varias veces antes de morir». Así, y de forma más irracional aún, se les llega a querer a esos locos bajitos que son el auténtico terremoto de cualquier vida.
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