Los gallegos tenemos la sensación de que lo nuestro es la leche, y de que cualquier reestructuración de este sector puede afectar seriamente a nuestra economía y a nuestra identidad. Movidos por remotos atavismos, los gallegos no vemos la leche como una producción destinada al mercado, sino como la expresión de un derecho fundamental que el Estado debe de proteger. Y tan fascinante resulta esta simbiosis entre la leche y los gallegos que, mientras nos cabrea sobremanera que nos impongan nuestro idioma, estamos encantados -o eso parece- con que nos impongan nuestra leche al margen de los mercados. Un misterio.
Pero no debemos olvidar que esta predilección no está basada en una estricta racionalidad económica, sino en la ternura que nos genera un sector que lleva cuarenta años en crisis. Antes de entrar en la UE, y ya en la UE, con cuotas y sin cuotas, con precios intervenidos o en mercados abiertos, con vacas marelas que producían sus cinco litros de leche mientras araban o tiraban del carro, o con aristocráticas vacas suizas que producen cien litros de leche ordeñada por láser, la leche gallega siempre está en pugna con el mercado y al borde del abismo. Por eso tenemos la extraña convicción de que los europeos le tienen miedo y envidia a nuestro donaire lechero, y de que son capaces de hacer cualquier cosa, incluido el dumpin , para echarnos del mercado y ahogar nuestra producción.
Lo curioso es que, mientras esto sucede, el sector primario gallego vende muchos miles de millones de huevos, millones de toneladas de porcino y vacuno, y millones de toneladas de pescado congelado sin que nadie nos haga zancadillas ni dumpin en los mercados europeos. Y por eso tenemos que concluir que el problema está en casa. Mientras la Galicia de la leche sigue siendo minifundista, mal dimensionada, con trabajadores envejecidos y en retirada, la Galicia de los huevos, la del porcino y el vacuno y la del pescado congelado está organizada en magníficas empresas y cooperativas que son ejemplares en Europa, compiten con ventaja en los mercados y ponen sus huevos y filetes de vaca o merluza en los platos de medio mundo.
El problema de la leche, del mejillón o de la pesca fresca está aquí, no en Europa. Y el ejemplo a seguir no es el de los choromiqueiros que piensan que todos nos quieren mal, sino el de los Franqueira, Fernández y Barreras que, mucho antes de que Europa fuese una oportunidad y una amenaza, pusieron orden y modernidad en sectores que antes no eran mejores que el lácteo y que ahora son punteros en tecnología y márketing. El modelo está dentro, y la receta es clarísima: llorar menos por la Galicia de la leche y sentirnos más orgullosos de la Galicia de los huevos.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios