A Alberto Núñez Feijoo le pasa con los apellidos lo que a Rajoy Brey; congenian fatal con el -ismo. Por eso, diez semanas después de una victoria en las urnas tan inapelable como inesperada, hay que recurrir al nombre de pila para definir lo que está ocurriendo en la política autonómica. Ha venido al mundo el albertismo, que hoy será coronado por aclamación ante cuatro mil palmas enrojecidas de tanto aplaudir.
Los liderazgos en los partidos jamás son plenos si quien los representa no conquista la victoria electoral; si se queda en la oposición. Feijoo consiguió el poder hace dos mes y, además, lo ejerce hasta el nivel de intervenir de forma directa en la selección de secretarios y directores generales que dependen de los conselleiros o de encabezar, mañana, la reunión de la Xunta con los sindicatos agrarios por la crisis láctea.
La construcción del albertismo se produce, al mismo tiempo, en dos escenarios: la Xunta y el PP. El congreso de autosatisfacción que se celebra en A Coruña pondrá punto final a la transición del fraguismo y, además, liquidará a medio plazo cualquier aspiración oculta de oposición interna a Feijoo, la cual quizá amagase si el 1-M el PP hubiese naufragado contra el bipartito. En la confección de la nueva ejecutiva del partido ya no ha tenido que hacer concesiones, ni cedido sillas a dirigentes de la antigua era.
El cónclave del centro derecha, como el de hoy del Bloque o el de hace quince días del PSOE para elegir a Pachi Vázquez, es precipitado. Pero las fechas de celebración vienen forzadas porque dentro de menos de un mes vuelve a haber elecciones. Salimos de unas y entramos en otras. El PP juega con ventaja, ya que la coronación del albertismo es una forma triunfal de iniciar la campaña electoral. En el caso del Bloque, que esta tarde emprende un largo viaje para dirimir qué quiere ser y a quiénes quiere seducir, la pugna por el control amenaza con dejar en el campo más bajas que vivos.
El albertismo tiene en Galicia el camino despejado y unos oponentes rezagados, a los que les espera hacer la doble travesía de perder la Xunta y sustituir al quintanismo y al touriñismo. Fuera de Galicia, el albertismo será enarbolado por Rajoy, quien se ha quedado bastante huérfano de barones de los que presumir: Gallardón preside el ayuntamiento más endeudado de España; a Esperanza Aguirre la persiguen las sombras de espías y de la trama de los PPijos de Correa y el Bigotes; Camps no encuentra las facturas de los trajes a medida para demostrar que no son regalos a cambio de favores....
Lo más fresco que tiene Rajoy en España para contraponer a los gobiernos socialistas es el albertismo, lo cual supone a la vez un halago y un riesgo para Feijoo. ¿Por qué? Porque puede perder autonomía política si Madrid pretende hacer de sus medidas en la Xunta la expresión de una alternativa al PSOE en el Estado. El albertismo coronado este fin de semana dispone de cuatro años de ejercicio de poder autonómico, de una dirección del PP hecha a medida, de proyección estatal y de una oposición renqueante. Sin embargo, nada de eso le servirá para asentar el liderazgo social que necesita si quiere prolongar en el tiempo su reinado. Para lograrlo no sirven los aplausos de los congresistas, sino que solo contará el acierto de lo que haga o deje de hacer los próximos seis meses.
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