Si es cierto que no hay mal que por bien no venga, deberíamos concluir que la malísima nueva de la epidemia de gripe porcina ha venido a salvar al Gobierno, siquiera sea por un rato, de una avalancha de noticias que lo tenía literalmente achicharrado: las del paro, que no cesa. Por si ello fuera poco, la visita de Carla Bruni, acompañada del presidente de la República Francesa, ha contribuido a darle a Zapatero el respiro que no acababa de llegarle.
Porque, aunque nadie en sus cabales dudará que el Gobierno estaría encantado de poder hacer algo contra el paro (es decir, contra la terrible realidad de que haya en España más de cuatro millones de trabajadores sin empleo), parece evidente que ha concluido ya que lo único que puede hacer es combatir las malas noticias sobre el paro y sus efectos demoledores para la credibilidad de Zapatero y sus ministros.
Esa es la razón que permite explicar, con toda probabilidad, por qué los miembros del Gobierno actúan como si en realidad no tuvieran ninguna responsabilidad en que las cosas vayan como van, es decir, rematadamente mal.
El mismo día en que se conoció la noticia de que el paro superaba los cuatro millones de personas por primera vez en nuestra historia, la ministra de Economía reconocía, como si no fuera con ella, que los datos eran «malos», lo que resulta, sin duda, un paso de gigante en relación con lo que afirmaba Pedro Solbes cuando aceptaba, a regañadientes, que los datos «no son buenos». Entre tanto, el paro ha pasado en España del 11% a más del 17%.
Algo de lo que no parece sentirse tampoco responsable el ministro de Trabajo, pese a no haber acertado nunca con sus previsiones sobre el futuro del empleo. El ministro se equivoca (o no dice la verdad) una y otra vez y no parece que ese ridículo constante le lleven a plantearse si debe abandonar a la vista de su manifiesta incompetencia, no ya para luchar contra el paro, sino al menos para prever con un aceptable grado de error cómo va a evolucionar.
Aunque todo ello resulta bochornoso, la guinda la pone, como es habitual, la vicepresidenta De la Vega, quien afirma, convencida, que lo que tiene que hacer el Gobierno es «trabajar, trabajar y trabajar». ¿Nadie le dirá a la señora De la Vega que eso se da, como es obvio, por supuesto (¡faltaría más!) y que a los Gobiernos no se les juzga porque trabajen poco o mucho sino porque lo hagan bien o mal? Para que la vicepresidenta tenga una muestra aproximada del juicio que podría merecerle, a poco que lo consultase con la almohada, la gestión de su Gobierno sería suficiente con que pensara lo que ella estaría ahora diciendo si hubiera sido el PP quien hubiera conducido al país al caos en el que está. ¿Se la imaginan?
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