Los pasados días he estado trabajando en un valle en las proximidades de Hospital, en el Camino de Santiago. A pesar de que todavía los restos de las últimas nevadas son patentes y de las bajas temperaturas nocturnas, las columnas de humo provocadas por los incendios eran visibles hacia el sur, como lo fueron la pasada semana en O Courel y en muchos otros puntos de la geografía gallega. Recién salidos de un duro invierno, han bastado un par de semanas para encender de nuevo la luz de alarma y despertarnos de un sueño acunado por un húmedo verano. Parece claro que lo que está ocurriendo estos días es el resultado de quemas no controladas que se han concentrado tras un período de mal tiempo, pero aun así deberíamos empezar a preocuparnos.
Es evidente que en los últimos años los medios dedicados a la prevención y extinción de incendios han aumentado y creo que la capacidad de la respuesta ha mejorado de manera sustancial. Existe además una mayor concienciación social sobre lo que los fuegos suponen y los científicos han suministrado herramientas de predicción que permiten determinar el riesgo potencial en tiempo real. En resumen, se están invirtiendo grandes cantidades de dinero y esfuerzo y a corto plazo solo cabe plantearnos estrategias de mejora. Pensemos, por ejemplo, qué podemos hacer durante el otoño y el invierno, si los períodos de contratación de personal son los adecuados o si caben formas de incentivar económicamente la inexistencia de incendios. Pero el problema seguirá ahí.
Desde los años ochenta, algunos territorios de la Galicia interior han incrementado su superficie de bosque y matorral entre el treinta y el cuarenta por ciento. Valles cultivados hace dos o tres décadas están hoy abandonados, perdiéndose los mosaicos de prados, setos y bosques que constituyeron la mejor protección contra los fuegos y el sustento de la diversidad biológica de un ambiente heterogéneo; me consta que los incendios forestales no fueron un problema en esa época. En la Galicia litoral, el caos de plantaciones de especies foráneas permanece y solo los terrenos urbanizables despiertan interés; gran parte de la población empieza a ver los incendios como algo inevitable aunque ignore lo que ocurre a cien metros de su «adosado».
Pero frente a las políticas a corto plazo deberíamos plantearnos qué ocurriría si los recursos que hoy se invierten en las distintas vertientes del problema se destinaran a revitalizar el mundo rural, a apoyar las actividades agrícolas y ganaderas o a cambiar una política forestal dominada por las pistas y las palas que destroza nuestros montes. Sin duda puede parecer una estrategia costosa, pero invertir en un mundo rural vivo es luchar contra los incendios forestales, hacer frente al cambio climático y conservar la biodiversidad. Su dinamización posibilitará la producción de alimentos de calidad y maderas nobles, mantendrá el paisaje sobre el que se asienta el turismo rural y recuperará nuestro maltrecho patrimonio cultural. Puede parecer una cuestión muy complicada, pero se trata sencillamente de volver a valorar nuestro entorno porque, por poético que les suene, solo se librará del fuego aquello que apreciemos.
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