La semana pasada, 300 representantes de 53 países se reunieron en Viena, convocados por la Comisión de Estupefacientes de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. Se trataba de definir la política de la comunidad internacional de naciones en materia de drogas para la próxima década, después de analizar los resultados de la que ha estado vigente desde 1998 hasta la fecha.
Los resultados no han podido ser más decepcionantes: más de lo mismo. Dicho de otra manera, tolerancia cero y nada de política de reducción de daños, como el ofrecimiento de jeringuillas nuevas a los toxicómanos a cambio de la entrega de usadas, para evitar la propagación de enfermedades contagiosas como el sida o programas de sustitución a base de metadona, que ya se están aplicando en muchos países -entre ellos España- y que cuentan con el respaldo de la mayoría de los profesionales que trabajan con drogodependientes.
De nada sirvieron las evidencias que recoge el informe presentado en la cumbre por los representantes de la UE, avalado por la mayoría de los países de América Latina, que constata un estrepitoso fracaso de las políticas puramente represivas. Al final, quien manda, manda, y para la delegación norteamericana, para sorpresa de los que han escuchado el discurso electoral de Obama, todo seguirá igual. Pero los norteamericanos, al menos esta vez no se quedaron solos. Contaron con apoyos tan evidentes como el de la delegación colombiana y otros un tanto más sorprendentes como los de los representantes del Vaticano, Italia, Japón, la India y, especialmente el de Rusia, el país con las mayores tasas de consumo de heroína del mundo. Por todo ello, el panorama que se vislumbra en materia de drogas para la próxima década es el de más consumo, más tráfico, más recursos para el crimen organizado, incluido el terrorismo, más violencia, más corrupción y más capos compitiendo con Bill Gates y Amancio Ortega en la lista de ricos de Forbes.
¿Alternativas? Dado que ese mundo sin drogas que sigue propugnando la ONU es algo tan utópico como un mundo sin enfermedades, lo sensato, según los expertos, sería considerar la demanda de drogas prohibidas como un mercado y a los adictos como pacientes. Ya va siendo hora de hablar sin tapujos de la legalización. ¿Cómo? He ahí la cuestión. De entrada, se podría partir de una premisa que frecuentemente se ignora al hablar del tema: no todas las drogas son iguales.
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