Aturdidos por la derrota, sin darle tiempo a la reflexión serena, los nacionalistas del BNG acaban de merendarse a Quintana como si fuese un pincho de tortilla. La crónica formal dice que no fue así, y que, abrumado por su fracaso, fue el propio Quintana el que decidió apartarse de sus responsabilidades de dirección. Pero la realidad es que no le dieron ni una sola oportunidad, y que al ex portavoz nacional del BNG no le quedó más remedio que convertirse en el chivo expiatorio que se inmola ante las bases para aplacar la frustración colectiva.
Cuando pase el tiempo, y sea tarde para rectificar, todos tendrán muy claro que en la figura de Quintana confluían dos carismas distintos: el del gobernante, cabeza de un sector de la coalición bipartita, que cosechó un rotundo fracaso; y el del dirigente frentista que dio pasos de gigante en la modernización del BNG y en la visualización de una normalidad que, a pesar de no estar certificada con el voto de los gallegos, implica un cambio trascendental para el proyecto nacionalista y para los que creemos que Galicia está mejor servida con una estructura tripartita que con el bipartidismo imperfecto que domina toda España.
Como miembro destacado de la Xunta, creo que Anxo Quintana fue víctima del abrazo del oso que los socialistas gallegos suelen propinarle a quien se coaliga con ellos. Porque, si bien es cierto que el BNG cometió graves errores que solo pueden achacarse a su inexperiencia y a su precipitada intención de asegurarse una parcela de influencia social y económica, también es evidente que fue el fracaso conjunto de la coalición, y no los errores de cada uno de los partidos, el que provocó el colapso general del touriñismo y la grave sensación de que con este tipo de mimbres no se puede hacer un cesto.
Que el PSOE se agarre a la fascinación de los números, para interpretar que fueron desalojados de Raxoi por el escaño perdido del BNG, es algo comprensible. Pero que el BNG pique también en esa miñoca , y haga responsable a Quintana del fracaso político de una operación en la que invirtió tantos años, es una estupidez de dimensiones históricas. Porque, mientras Pérez Touriño es responsable de un doble fracaso -de gobierno y de partido- que ya no puede rectificar, Quintana solo es corresponsable de un fracaso de gobierno que en modo alguno debería empañar el acierto que tuvo en su gestión del nacionalismo político. Y por eso estoy convencido de que el BNG acaba de abrazar la condición de tela de Penélope -tejer de día lo que se desteje de noche- que marca la historia del nacionalismo gallego. Un proceso que siempre empieza, como toda gran debacle, fusilando sumariamente a los mejores generales.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios