Después del correctivo que el electorado le ha dado a quienes gobernaron, o lo que fuera, en los últimos cuatro años, socialistas y nacionalistas se enfrentan ahora a una travesía que se presenta plagada de dificultades y en la que resulta casi imposible vislumbrar su final. Y no van a tener nada fácil, ni unos ni otros, recuperar el aliento y situarse de nuevo en la línea de salida con opciones a ganar otra carrera. Porque el rival, cuando más dificultades tenía, ha tomado una considerable distancia que tratará de mantener por todos los medios. Y porque, como ocurre siempre que se produce un descalabro de estas características, los derrotados tardan tiempo en volver a encontrar el camino acertado.
Es cierto que los socialistas, por la urgencia que tienen en Ferraz ante la próxima consulta europea, se apresuraron a abrir la crisis con la dimisión de Pérez Touriño. Pero las crisis hay que cerrarlas y no parece que esto pueda producirse en un plazo razonable. Por la ausencia de un líder con peso, porque hay sectores del partido que van a hacerse escuchar, porque hacer un líder lleva años y porque hay que recuperar, en la calle, la imagen destrozada desde el Gobierno.
Peor lo tienen los nacionalistas. La resolución de su crisis depende del tiempo que necesiten para analizar y asimilar los resultados, que es en lo que están ahora mismo. Cada minuto corre en su contra. Pero es que, además, en el BNG, hay también quien aguarda con la escopeta cargada. Y al contrario de los socialistas, habrán de decidir si le dan otra oportunidad al líder actual u optan por buscarle un recambio, con lo que todo eso supone.
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