En ninguna profesión, como en la política, se pasa del cero al infinito. Y en ninguna se recorre el camino contrario en medio de tantísima impiedad. Porque lo que define la caída de un político no es solo que suele producirse de la noche a la mañana, sino que tiene lugar en medio de una inmensa soledad. Para celebrar la victoria hay siempre mucho público, pero los salones se vacían al ver venir de frente la debacle. Y es que nada huele tan mal y produce tanta grima como una derrota electoral: Vae victis! (¡«Ay de los vencidos!»), cuenta la tradición que dijo un día un vencedor.
Touriño presentó el lunes a mediodía su irrevocable dimisión. Esa decisión, que lo honra tanto como deshonra a Anxo Quintana -pegado a su silla esperando quizá a que escampe el temporal- resultaba inevitable, lo que no quiere decir que agote el círculo de las responsabilidades socialistas.
Pues si es cierto que a Touriño corresponde, en su calidad de presidente (ya en funciones) de la Xunta, el mayor tanto de culpa en el fiasco del domingo, lo es también que ninguno de los que lo acompañaron en la aventura de gobernar con el nacionalismo puede ahora llamarse a andana, como si la decisión de formar un Gobierno bipartito la hubiera tomado Touriño a solas con su almohada.
No. Ni Touriño es el único responsable de una estrategia de largo recorrido que se decidió mucho antes en Ferraz y en la Moncloa, ni es por supuesto el único culpable de que los gallegos hicieran de la gestión del bipartito el durísimo juicio que cabe deducir del resultado electoral. Por eso resulta paradójico que los dos hombres que se apuntan ahora como gestores de «la renovación» (Ricardo Varela y Pachi Vázquez) sean, tras Touriño, los dos grandes corresponsables de todo lo que ha ocurrido en los cuatro últimos años.
Capítulo aparte merece José Blanco, quien ha ido autoconstruyéndose poco a poco una leyenda, a base de estar presente en todas las victorias y escabullirse, como raposo, de todas las desfeitas . Sus últimas declaraciones, en las que da a entender que ya hace quince días que él vio venir el castañazo, demuestran no solo deslealtad -lo que, conociendo su trayectoria, no llama la atención- sino que indican además su confianza en que es posible engañar a todo el mundo.
De hecho, el mismo José Blanco que presumía hasta hace nada de tener en su cuaderno los secretos de la que iba a ser una histórica victoria socialista y de ser el gallego mejor informado del país, nos cuenta ahora que él era en realidad un socialista extraterrestre, que nada sabía de Galicia. Y así, con esa cara y esa falta de vergüenza, se inventan en España los currículos políticos. Pero que Blanco no lo dude: cuando caiga, también él estará solo.
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