La política es fascinante. Es el ser humano en estado puro, abrasivo. La ambición es su gasolina. Se alimentan de ella, les mantiene vivos. Y las elecciones son la mecha en la que estallan todos los cálculos. Los ciudadanos prestan sus votos, no los regalan, Alberto, y, cuando se les defrauda, los cobran con el desprecio. Cae el líder y ya andan los galgos sueltos. Le sucedió al PP, que fue patio de comadres. Pero nada une más a un grupo que el poder. Pasa en todo. Touriño se va como un señor. Y ya se busca heredero. O heredera. ¿Mar Barcón? O tal vez Pachi Vázquez, enérgico, pero noqueado aspirante a monarca de Ourense. Orozco, el alcalde tranquilo, parece amurallado en Lugo al no tener plaza en el Parlamento, al igual que Losada, que bastante tendrá con salvar plaza. A Pepe Blanco le gusta la electricidad de Mar, pero es jugador de póker y, si señala hacia la derecha, caza en la izquierda. Y ¿en el Bloque? Aunque Quintana no se ha ido como un señor, espera a que la UPG le corte la cabeza, habrá ambiente de caza mayor. Quitado Beiras, llegó Quin. E ¿despois do Quin?: ese corredor de fondo, Suárez Canal, o el verbo lacerante de ese abogado del diablo que es Aymerich, o Fernando Blanco, que puede quedar en Quijote del eólico. Y ¿por qué no una mujer?: esa sonrisa de Gioconda de Teresa Táboas o las lágrimas amargas pero tan humanas de Pontón. O Paco Rodríguez, mártir, y, al fin, postal. La UPG, sin complejos.
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