¿Hubo una batalla campal entre manifestantes, como desinformaban ciertos medios, con motivo de la marcha convocada en Santiago por Galicia Bilingüe hace tres días? En absoluto. Lo que hubo fue algo bien distinto: varios miles de personas -sobre todo padres con sus hijos- que en un ambiente pacífico y festivo y en defensa de una reivindicación con la que, por supuesto, se puede estar o no de acuerdo, ejercieron sus derechos de libre expresión y manifestación, mientras unos cientos de independentistas energúmenos intentaban por todos los medios (incluidos los violentos) que la marcha no pudiera celebrarse.
De hecho, solo el amplio despliegue policial, que no pudo evitar que los émulos de Batasuna pusieran media ciudad patas arriba, garantizó que la cosa no acabara como los radicales deseaban: con los manifestantes agredidos y corriendo en desbandada.
Solo hay que ver las dos fotos de portada publicadas por La Voz el día después (la de unos encapuchados tirando piedras y botellas a la Policía Nacional y la de unos manifestantes gritando sonrientes sus reivindicaciones) para desenmascarar cualquier tentativa de manipulación informativa.
La constatación de esa evidencia, que molesta al parecer a los que se niegan a aceptar que existan más derechos que los suyos, no elimina, en todo caso, una cuestión muy inquietante. ¿Dónde nace el odio de los contramanifestantes? Yendo incluso más allá: ¿Por qué todos los movimientos que se oponen a la actual política lingüística generan tanta animosidad en el mundo oficial y en la intelectualidad orgánica de la Xunta bipartita?
Aunque no hay una única respuesta a tal pregunta, creo que el motivo fundamental tiene que ver directamente con el miedo a la libertad de los que saben que la llamada política lingüística (la consistente en tratar de recuperar hablantes obligatorios para el gallego por medio de la imposición y la limitación de los derechos personales) se basa en un falso consenso social que se sostiene, a su vez, en el silencio acomplejado de docenas de miles de personas.
De hecho, si todos los que en privado se muestran hasta el gorro de la imposición lingüística salieran del armario (y el símil es muy procedente en este caso) todo el montaje de la llamada normalización se desmoronaría de la noche a la mañana. Pero sea por comodidad, por cinismo o por miedo a aparecer como enemiga del gallego y, por tanto, del país, nuestra ciudadanía permanece entumecida, mientras contempla, entre asustada y resignada, como una pequeña minoría ha logrado imponer su visión de Galicia a cientos de miles de personas hechas y derechas que se les han entregado sin siquiera rechistar. Por eso el que alguien rechiste provoca tanta inquina.
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