Vista como el género literario que, de un modo u otro, está condenada a ser, la historia se resuelve unas veces en tragedia, otras veces en comedia, y, en ocasiones, alcanza el puntiagudo nivel de la farsa. Algo parecido suele pasar con esa segunda naturaleza de la historia que es la política cuando, en la escena nacional, internacional, autonómica y municipal, se viste con las galas del dramatismo sin que eso la lleve a abandonar las apariencias de una tomadura de pelo. Son epifanías que tienen mucho que ver con la puesta en escena. No hay más que fijarse en lo mullida que parece la Moncloa cuando recibe a la banca en unos sillones amplios como plazas de toros, y lo agria que parece cuando esa misma banca es recibida con un raquítico mobiliario de tenderete.
Es el arte de la escenografía. El venezolano Chávez decidió expulsar al embajador de Israel ante el Gobierno de Caracas, y lo hizo mediante un decreto leído por dos ministros venezolanos que, vestidos de Hamás, se encaramaron al minarete de una mezquita venezolana para dar sus cuatro voces. Y hay que señalar en este caso no solo el hallazgo de la dramaturgia, sino también el alarde poético que vibra en la combinación mezquita venezolana. Los huesos de Simón Bolívar han debido de respingar en la tumba.
El mismo argumento tumultuario sirvió para que las manifestaciones contra Israel en Barcelona hicieran coincidir a un desconocido fotografiado agitando una pistola y al consejero de Interior, Joan Saura que, interrogado al respecto, declaró que lo de la pistola fue una performance . Aunque para performance la del vecino que para cobrar los 400.000 euros que le debía su ayuntamiento ha tenido que amenazar con quemarse a lo bonzo ante semejante consistorio. Casi al mismo tiempo, la Xunta ha decidido abonar los retrasos en la ayuda económica a una anciana gran dependiente para evitar que el hijo de la necesitada interrumpiera con los bocinazos de una poderosa megafonía los mítines de Touriño y de Quintana.
Son viñetas que podrían pertenecer a un friso de aguafuertes goyescos bajo el lema «No la hagas, no la temas», o bien a una serie de entremeses y sainetes titulada «A vaquiña polo que vale» o incluso algo así como «Si me sigues tocando la vaca, habrá alharaca». Es un grand guiñol cuya guinda la pone Miguel Sebastián, ese ministro proveedor de bombillas y demiurgo del gran caos en las facturas de la luz, al proclamar sin mayor vacilación que «al Gobierno se le está acabando la paciencia con los bancos». «Manda truco», que vendría a decirle Pepe Blanco.
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