Nadie duda de que estamos en crisis, ni de que, en esta dura travesía, nos acompañan países tan sólidos como Estados Unidos, Alemania o Reino Unido. La gran mayoría de los economistas, que ni siquiera se olieron la tostada, coinciden ahora en que el diagnóstico del problema y sus soluciones son de carácter global. Y, puestos a buscar consuelo en males ajenos, ni siquiera los países nórdicos se libran esta vez de la tan imparable quema. Por eso, si se aplica con inteligencia el célebre adagio de que «mal de muchos, consuelo de tontos», debería resultar muy fácil hacer un discurso realista y alinearse con los demás países en la batalla épica que vamos a librar contra la basura crediticia, los apalancamientos bancarios, el fraude financiero y el calentamiento de la economía.
Pero esa facilidad es solo teoría. Porque la cruda realidad es que nuestro Gobierno carece de un discurso adecuado para la crisis, y que, lejos de mostrarse seguro y orientado frente a los problemas que esta genera, da la sensación de estar desbordado por la situación y de querer combatirla con palos de ciego. En un contexto de crisis generalizada, la cifra de doscientos mil parados del mes de enero podría ser asumida y explicada como la consecuencia lógica de un ajuste brutal que pronto empezará a revertir. Pero esa vía de normalidad no es posible si el Gobierno es el primer sorprendido por los datos, y si los ciudadanos tenemos la sensación de que, lejos de estar en manos de un conductor con pulso firme y cabeza fría, bajamos a trompicones por la cuesta del abismo.
Solbes, que era la única voz serena y orientada, está desaparecido. A la vicepresidenta, que ganó su prestigio a base de repetir que «el Gobierno está trabajando y va a aplicar el Estado de derecho», la está abandonando el desodorante. Corbacho, que va a batir todos los récords que nunca quiso poseer, sigue pidiendo listones que luego no puede saltar. Sebastián, que va de yuppie , sigue comportándose como un líder estudiantil que encuadra el mundo entre la obviedad y el optimismo. Y Zapatero -al que algún becario le dijo que tiene que hablar con mucho convencimiento y dirigiéndose siempre al parado típico, al hipotecado típico y a la familia típica-, también parece empeñado en definir las crisis como una acumulación de problemas individuales, sin darse cuenta de que cuanto más atenúa los síntomas, más peligrosa se le hace la enfermedad.
La sensación de desgobierno puede ser mucho más grave que los datos más crueles de la crisis. Y pocos ciudadanos se creen ya que tanta desorientación y despilfarro puedan quedar compensados por la desoposición que hace Rajoy entre las maniobras de unos y las ambiciones de los otros.
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