Estamos teniendo un invierno con meteoros intensos: lluvia, viento, nieve, granizo, niebla. En días pasados, hemos asistido a una auténtica exhibición del poderío de la naturaleza, frente a la civilización arrinconada. Las borrascas han pasado por encima de nuestras cabezas a más de 100 km/h, arrancando todo lo que estuviese débilmente anclado, sea natural (árboles) o artificial (cubiertas de polideportivos). Es la furia del viento y solo queda tomar medidas previas, basadas en la información.
La Consellería de Educación suspendió las clases en dos provincias y quizá debió de hacerlo en las otras dos. En la mañana del viernes, en Pontevedra, el viento y la lluvia dificultaron mucho los desplazamientos. La suspensión, aunque tardía, estaba avalada por la predicción de los servicios de meteorología. Luego no se cumplió y provocó la indignación de algunas familias. Es mejor el enfado del personal, que el mínimo incidente que ponga en riesgo la vida de los niños. Nuevamente se ha puesto de manifiesto el bi-gobierno gallego. Las galescola s abrieron hasta pasadas las once. Menos mal que no hubo ninguna desgracia.
Con la información reciente, sería muy fácil caer en la tentación de decir que si es difícil acertar en la predicción próxima, todavía lo es más en la predicción a larga distancia, que postula el famoso cambio climático. No voy a caer. El año pasado por estas fechas era casi verano. Ahora toca un invierno normal. La influencia de ambos sobre el cambio del clima, a largo plazo, será mínima.
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