Lo que ahora se lleva es decir que Bush, que hoy termina su mandato, fue el peor presidente de los Estados Unidos. Pero lo que nadie quiere recordar es que ese presidente ganó su segunda elección cuando ya se sabía que era un bárbaro, ignorante y mentiroso, que no ofrecía más programa que hacer la guerra y allanarle los caminos al liberalismo financiero más fraudulento de la historia. Y por eso me temo que Barack Obama va a heredar un fangal del que no vamos a salir tan fácilmente.
Desde el primer momento se vio claro que Bush era un patriota rancio, fanático de Dios y de la guerra, que estaba dispuesto a cualquier cosa para restablecer, en su peor versión, la grandeza americana. Y para eso le confió a Cheney y a Rumsfeld -sus amigos y cómplices- la estrafalaria idea de reordenar el mundo, acabar con la «perniciosa influencia» de la ONU, y restaurar la idea de que el planeta solo puede vivir en orden si existe un gendarme que convierta su voluntad en ley.
Pero el trío formado por Bush, Cheney y Rumsfeld, sobre cuyas espaldas pesan dos guerras de rapiña a gran escala y un retroceso de dos décadas en la construcción de un orden internacional legal y participativo -la democracia global vendrá más tarde-, no sería posible sin la ayuda de Blair y Aznar, sin la división política y el inmovilismo de los europeos, sin todos los que despacharon las guerras de Irak y Afganistán diciendo que «algo había que hacer», sin la gente que creyó en un fabuloso botín de guerra que nos iba a llegar en forma de petróleo barato y de contratos para las empresas constructoras, y sin los dirigentes occidentales que, incapaces de oponer sus razones a la sinrazón de la Casa Blanca, se fueron de grumetes a la guerra sobre la simple suposición de que «algún dato tendrán para actuar como actúan».
Bush es mucho Bush, es cierto. Pero los papanatas que adoraron a Greenspan -¡vaya bluf!- como al becerro de oro, y los que leyeron el Washington Post y el Wall Street Journal como si fuesen la Biblia, estaban aquí, apostando por el gendarme en contra de la UE, por el dólar frente al euro, y por un referente económico que nos llenó de guerras criminales y basura financiera.
Si la política fuese sincera iniciaríamos la era de Obama diciendo que «Bush fuimos todos». O casi todos, porque, al menos en esto, nunca me engañé. Y por eso reclamo cierta autoridad moral para pedir una notable rebaja de la presión renovadora que pesa hoy sobre Barack Obama. Porque, después de ocho años generando y acumulando injusticia, muerte y basura, necesitamos un tiempo para reencontrar el camino y desactivar a los innumerables cómplices que tuvo Bush -¡que la historia se lo lleve!- en sus deleznables mandatos.
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