Todas las quinielas han fallado. Y, a expensas de una información más meticulosa, tengo la impresión de que la resolución del concurso eólico se hizo con unas bases de racionalidad que pueden reducir a un debate técnico -siempre opinable- la conflictividad que se auguraba.
Y, puesto que en toda batalla «las cañas se vuelven lanzas», mucho me temo que los que paseaban su victoria anticipada por los bancos van a ser los mejores clientes de los abogados especializados en reclamar después lo que antes defendían.
Manuel Jove, que aspiraba a la mayor de las concesiones, e hizo importantes y recientes movimientos de capital en el sector energético, quedó fuera del concurso. E Inveravan, al que casi todos le suponíamos la serie más premiada, y que ofrecía el proyecto colateral -el traslado de Ence- más ansiado por el BNG, también se quedó fuera del negocio. Los que más podían presionar -presuntamente- se han quedado con viento en los bolsillos, y pocos serán los gallegos que sepan explicar por qué entre los más decepcionados figuran nombres como Epifanio Campo, Manuel Jove, Amancio Ortega y Jacinto Rey, aunque a este le tocaron 142 megavatios que, sin dejar de ser una cifra importante, apenas roza de lejos las hipótesis con las que trabajaba hace dos días.
Si juzgamos la situación en términos positivos, la resolución deja ver dos grupos energéticos gallegos que, frente a la decepción de Iberdrola, salen muy fortalecidos - Eólica Galenova y Norvento - y dos proyectos, también gallegos, que están relacionados con sectores considerados estratégicos en la economía de Galicia - Aucosa , que reúne a varias conserveras, y Feiraco , que representa el mayor intento de agrupación cooperativa de los productores de leche-, y que parecen representar los acuerdos sociales más extensos con los que se contaba en este concurso. Ello no obstante, a pesar de la certera lógica que asoma detrás de la resolución firmada por Fernando Blanco, nadie podrá evitar los daños ya causados a la imagen de la energía eólica -y de la propia Xunta- durante la tramitación del concurso, cuya responsabilidad ha de achacarse no solo al imprudente volumen de adjudicación, y al mal cálculo de los plazos -la sensación de que falta tiempo nunca es buena-, sino también a la incomprensible actitud del presidente Touriño, que en los últimos días dejó correr el concurso mientras él mismo, sus conselleiros y su partido lo llenaban de sospechas.
Por eso hay que pedir desde ahora una gestión impecable de estas concesiones, la atención diligente de las reclamaciones justas que pudiesen hacerse, y un esfuerzo para recuperar la imagen de una actividad que, por una u otras causas, queda fuertemente tocada.
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