Definir a los jóvenes siempre ha sido un juego de escritores y pensadores. Hay muchas frases clásicas. La manida de es normal ser revolucionario a los veinte y conservador a los cuarenta. La de que en los ojos de los jóvenes arde la llama y en los de los mayores brilla la luz. Los jóvenes que llevan seis días en las ciudades de Grecia destrozándolo todo no son los primeros de la historia en salir a las calles. Ni serán los últimos. El efecto contagio ya está aquí. La gasolina para el fuego puede llamarse plan Bolonia, pero prende, en realidad, por un futuro sin esperanza. Están asqueados. Empezó en Grecia por algo. No fue el disparo absurdo del policía que mató al chaval. Fue que los jóvenes griegos están a la cabeza de Europa en la estadística del paro para menores de 28 años. Una cifra que en España también es lamentable. Y quieren emanciparse antes que sus hermanos mayores, que fueron una generación más tranquila y que siguen con treinta y tantos años en casa de sus padres (que les pagan hasta el móvil). Estos hermanos pequeños, jóvenes airados, están arropados por los antisistema. Internet es su tamtan. Pueden montar una revuelta que ponga del revés una ciudad con unos mensajes de móvil. Están hartos de las palabras huecas de los políticos y sus cumbres para nada. A estos no los engañan con el circo del fútbol. Estos no buscan playas debajo de los adoquines. Son más prácticos, y peligrosos. Solo buscan trabajo.
En breve los contactos recibirán en su correo electrónico un enlace a la noticia
Gracias por usar nuestros servicios
Revise sus datos y vuelva a intentarlo
Si se vuelve a producir un error, es posible que el servicio está momentáneamente no disponible. Inténtelo más tarde.
Disculpe las molestias. Gracias por usar nuestros servicios