Hay políticas grandes y políticas ridículas. Hay dirigentes admirables y líderes nefastos. Hay, en fin, momentos históricos de quitarse el sombrero y los hay de tirarse por el suelo.
Barak Obama concita hoy, por ejemplo, la admiración de medio mundo con la forma de enfrentar una de las peores crisis que ha pasado su país: anuncio tras anuncio, todo indica su compromiso de concordia, su voluntad de elegir a los mejores y su decisión de no tener otro horizonte que el interés de los norteamericanos. No cabe duda de que Obama hace todo eso también para consolidarse en el poder, pero lo importante no es su finalidad particular sino la forma en que aquella se traduce.
En su equipo de seguridad, sin ir más lejos: constituido por personas de amplia experiencia y formación (licenciados en Oxford y en Stanford, doctores en Columbia), en el grupo se incluyen su adversaria en las primarias demócratas, el actual secretario de Defensa -que será ratificado- y un asesor de Seguridad Nacional muy amigo de McCain. Es lo que Lincoln llamó en su día un gobierno de adversarios. No hay equilibrio de territorios ni de géneros, ni obsesión por triturar a quien peine alguna cana: el objetivo es solo buscar gente preparada para ejercer las labores que se les van a encomendar.
El contraste entre esa gran política -que deberá demostrar ahora su grado de eficacia- y la que sufrimos en España produce auténtico sonrojo. Y es que aquí la gran noticia es que José Blanco acusa a la presidenta madrileña de cobarde por salir huyendo de un salvaje atentado terrorista, mientras esta contesta que no le extrañan sus palabras, pues ya otros dirigentes del PSOE quisieron verla colgada de una catenaria. ¡Todo muy edificante y propio de estadistas!
Como propio de estadistas es el tema que hoy centra la vida nacional -el de los vuelos secretos de la CIA- tras la publicación periodística de un documento que solo puede haberse filtrado desde el entorno del Gobierno. Sus medios de comunicación afines celebran la noticia, que creen podría sentar a Aznar en el banquillo de la Audiencia Nacional, mientras el presidente Zapatero afirma no saber nada, «por supuesto», de los aviones que pasaron por España desde su llegada a la Moncloa, en exacta reproducción de lo que ya había sucedido bajo la presidencia del PP.
Entre tanto, ayer conocimos que en noviembre 171.243 personas perdieron en España su trabajo y que el paro, que crece por octavo mes consecutivo, se acerca ya a los tres millones. Noticia esta que -por si hiciera alguna falta, que no hace- coloca en su sitio a nuestra política nacional y a quienes la protagonizan: en el pozo negro de una frivolidad y una desvergüenza que no parecen tener límites.
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