El pasado domingo enterramos a la mujer de Edelmiro. ¿Recuerdan? Edelmiro internó a su mujer, hace más de un año, en una residencia. Él cobra 500 euros, en la residencia 1.200, pero el vicepresidente le daría una ayuda de inmediato (eso aseguraba). Qué buen hombre es Quintana, decía siempre Edelmiro. La ayuda no llegó. Pero él escuchaba hablar al vicepresidente de las bondades de la gran ley de su Gobierno. Quintana siempre le pareció un buen tipo hasta hace algunos meses, cuando él se dio cuenta que pagar 1.200 euros con una pensión de 500 es muy complicado. Pero estas cosas, que son las que le pasan a la gente de la calle, no le importan a los grandes políticos. Sus cifras son otras y sus gestos, cuando se sientan en la poltrona del poder, también. Quintana, que es de los que ha repetido toda su vida y con constancia la palabra justicia, lleva tiempo preocupándose mucho por las grandes cifras y muy poco por las pequeñas. Mucho por los abrazos en masa, y poco por los abrazos íntimos, que son los que duran toda la vida. El pasado domingo, Edelmiro, llorando, me dijo que yo le dijese a Quintana que no quería el dinero público porque enterró a su mujer y ya no lo necesita. Probablemente no tiene derecho a él, las leyes en democracia siempre se hacen para los vivos. Esos son los únicos que votan. Y los que votan algún día les dirán a los políticos que no los engañen. A Edelmiro uno de ellos, el que más quería, lo engañó. Estos días se muere de rabia y de pena. Pero en el fondo de su corazón sigue pensando que Quintana es un buen tipo. Lo sé.
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