Las elecciones en Estados Unidos han demostrado que la democracia no está cansada. Está en construcción. Resiste el hostigamiento de sus enemigos desde dentro recortándole el vuelo o desde fuera cuando le arrancan sus raíces. Es cierto que demanda más realismo y profundidad, pero ha demostrado ser más fuerte que sus contrarios. Necesita bocanadas de aire no contaminado y pide a gritos buena descripción sociológica y ciencia política.
Las sociedades están cada vez más segmentadas social y culturalmente, pero ello no implica necesariamente su incomunicación. La diversidad no es sinónimo de debilidad sino de sentido de la realidad. Requiere reglar mecanismos de coordinación y extender los derechos de participación. Coordinación porque los niveles de administración pública son múltiples y arraigan en sus territorios. La lógica de los estados multinivel es egoísta, mientras que la lógica planetaria es la del mismo barco.
Los asesores de Obama han practicado la ciencia política. Las encuestas buscaban el nervio profundo, no la piel del votante. Detectaban las necesidades, intereses y aspiraciones de cada público. A cada cual según sus expectativas y de cada cual según sus aptitudes. Una ciencia política que identificaba lo común en los racimos comunitarios, en los contextos territoriales y en la historia compartida. Reconociendo las diferencias, los desacuerdos y los desafectos. Al candidato le ofrecían datos consolidados, no halagos.
El triunfo del Partido Demócrata ha sido el de la sociedad multicultural. No solo de la interracial, también de la intergeneracional. Los jóvenes no han roto con sus mayores, pero sí que han actuado conforme a su edad y formación. Los negros no han votado contra los blancos, pero sí que han demostrado su inclusión democrática. Los latinos no han votado contra los negros, pero sí que han advertido de su biculturalismo.
Se ha demostrado que puede existir feeling entre los enclavados . Los afroamericanos y los chicanos son las dos grandes minorías excluidas. Comparten desde hace generaciones bajos salarios y menores oportunidades educativas. Los ha unido la emoción que da la libertad de participar y el hecho de que su voto sea decisivo en varios estados. Tienen intereses comunes y razones para que sus hijos no hereden sus déficits. Obama lo ha reconocido en su segundo libro, La audacia de la esperanza .
El ejercicio del voto ha enlazado a los desiguales, a los distintos, a los contrarios y a los sin voz. A los socialmente desiguales en razón de su ocupación, su nivel educativo y su riqueza. A los étnica y culturalmente distintos por el color de su piel, la endogamia de sus cruces matrimoniales y las prácticas religiosas. A los republicanos y a los demócratas que han votado a su contrario. La dignidad democrática de McCain o de Colin Powell ha debilitado el partidismo ciego. A los sin voz, porque los inmigrantes indocumentados han estado presentes a través del voto latino, que ha recordado cómo se establecieron sus padres y ha ejercido de grupo de presión a favor de una regularización y de una reforma migratoria.
La sociedad de redes se ha articulado democráticamente. Ha sumado informando y movilizando por Internet a donantes populares, voluntarios y contactos comunitarios. Una bofetada para los descreídos del potencial democrático de las tecnologías de la comunicación, los encadenados al aparato de los partidos y los antiamericanos primarios. La esperanza ha sido audaz, mientras que la desconfianza deprime a la sociedad.
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