Conocí a Anxo Rei Ballesteros cuando, debido a su vida bohemia de estudiante, cayó en mi mismo curso de la Facultad de Derecho de la Universidad de Santiago. Desde entonces fue una persona imprescindible en mi vida universitaria y en la de otros compañeros como Ramón Maiz.
Tenía los ojos azules y una melena de paje medieval, ya por aquel entonces canosa, y nunca se separaba de su pipa y de un montón de libros de literatura que llevaba de un lado para otro como si fuera una biblioteca portátil. Lo había leído casi todo, lo explicaba maravillosamente bien y tenía una ironía demoledora. Era un ácrata convencido que participó, como nosotros, en las algaradas estudiantiles contra la dictadura en los años 70.
Su gran pasión literaria, por aquel entonces, era Joyce y el nouveau roman. Como a Rousseau y a otros grandes escritores, a Anxo le gustaba meditar mientras dábamos grandes paseos por todo Santiago y llegando a veces a los bosques de sus alrededores.
Estudiaba una carrera que nunca le interesó, como a mí; pero yo cumplí con la palabra dada a mi padre, mientras él se perdió entre las nuevas oleadas de estudiantes de Derecho que seguían llegando a la antigua facultad. Un día, abandonada ya la Universidad, recibí un libro, una novela que se llamaba Dos anxos e dos mortos, que contaba muchos de los sucesos que habíamos vivido juntos. Allí había un retrato mío y uno de los personajes no solo se parecía a mí física y nominalmente sino también en mis cuitas culturales y políticas de aquellos tiempos.
Durante estos últimos años apenas nos encontramos, pero manteníamos una larga correspondencia en la que me contaba sus avatares literarios y, en ocasiones, también sus duras y complejas vivencias personales. Yo intentaba animarle e incluso ayudarle, pero con su vieja dignidad anarquista siempre rechazó cualquier auxilio. También, telefónicamente, nos intercambiábamos experiencias y lecturas.
Ha sido uno de los grandes narradores de nuestro país, como lo demuestra Loaira, A sombra dos teus ollos o A outra memoria, además de un magnífico traductor. Complejo, difícil, sin concesiones, casi como era su propia personalidad. Un grande de la literatura en gallego que no solo consiguió que su lengua fuera materia literaria sino que luchó con ella para adaptarla a las nuevas vías y tendencias de la narrativa más vanguardista del siglo XX.
Hoy siento un gran dolor por su pérdida, que me trae la nostalgia y la melancolía de mi juventud.
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