Galicia no levanta cabeza, no se ha solucionado un vertido cuando ya existe otro al que poner remedio. Es una tarea compleja y que, supongo, genera intranquilidad en los responsables políticos y también, esto lo sé, desconfianza de los ciudadanos en los mecanismos de control. La situación de barrer los platos rotos de otros empieza a ser una constante en los ríos y el litoral de Galicia.
Cuando los episodios de contaminación de las aguas se suceden como si de una serie de televisión se tratara, no queda lugar para pensar en la mala suerte o en la casualidad. Contaminar en Galicia ni es difícil ni sale caro. Históricamente las industrias han seguido operando con casi total impunidad frente a las agresiones ambientales que han cometido. Ya no es un escándalo, si acaso noticia, que se descubra a una empresa incumpliendo la legislación ambiental o que se descubran tuberías de vertido que no se sabe de dónde vienen ni a dónde van, o que se cierren bancos marisqueros por los altos niveles de contaminación; tampoco sorprende que la Unión Europea amoneste, una vez más, a Galicia por la alta contaminación sus rías.
Uno de los últimos episodios de contaminación le ha tocado sufrirlo al parque natural Fragas do Eume. Un incremento de la acidez de las aguas del río ha provocado la muerte masiva de peces, entre ellos reos, una especie «prioritaria para su conservación» según la Unión Europea. Parece, así lo afirma la Consellería de Medio Ambiente, que el «episodio» de contaminación ha sido causado por las obras de la autovía Ferrol-Vilalba, pero es evidente que el río Eume no se encuentra en un estado muy saludable. Las agresiones que sufre son constantes y la calidad de sus aguas es pésima.
La degradación de los ríos y del litoral gallegos no va a disminuir con medidas aisladas y de urgencia. Por ejemplo, la adición de carbonato cálcico para neutralizar el último episodio de contaminación en el Eume, como asegura Adega, «es una medida paliativa que no va a resolver la situación de un río con una grave enfermedad crónica», que, de no atajarse, «va a suponer la muerte de todo un parque natural». La labor de las Administraciones no puede limitarse a poner parches a los problemas ambientales. La denuncia, el control y la exigencia de que se cumpla la ley debería dejar de ser trabajo casi exclusivo de los grupos ecologistas o de los colectivos de pescadores, que ven cómo poco a poco se degrada el entorno.
La situación no es fácil, arrastra décadas de abandono de su medio ambiente y de permisividad absoluta con las empresas que incumplen la legislación. Es urgente que contaminar en Galicia deje ser tan fácil y barato, y quienes prefieran no oír hablar de ello, deberían empezar a notarlo.
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