Llenó sus bolsillos de piedras y se sumergió en el río Ousie. Fue a finales del marzo del 41. Tenía 59 años y dejó dos cartas. Ya lo había intentado con Veronal y arrojándose por una ventana. Hablo de Virginia Woolf, la escritora que tenía una habitación propia y que sumó traducir en letras las palabras de la mente y la cursiva de las olas en la orilla. Desbrozó nuevos caminos en el bosque de la literatura. Hacía poesía con el monólogo interior. Fue feliz en su matrimonio con Leonard, aunque también amó a una mujer. No nació para sonreír a las visitas y servir el té. Las crisis nerviosas de su cabeza bipolar fueron minando su salud. Su esposo, Leonard, siempre estaba ahí cuando sentía frío. Jamás la dejó sola cuando la locura se apoderaba de su alma. En los peores momentos decía que escuchaba voces imposibles de traducir, ecos en el interior de la cabeza que la hacían querer abandonar este mundo. Pero salía del cuarto oscuro y escribir la sanaba otra vez. Escribir La señora Dalloway y Orlando , mezclar los tiempos y los lugares. Hacía punto con los sentimientos. La editorial Lumen recupera las textos de sus libros. Muy oportuno en este país donde miembro y miembra da lugar a charcos de tinta que enlodan el sentido común. Virginia Woolf, que amó a derecha y a izquierda, nos enseñó que no cuenta ser hombre o mujer. Que solo suma la sangre, que calienta o enfría los corazones.
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